El grito de nuestra identidad

<<Paseaba por un sendero con dos amigos – el sol se puso – de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio – sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad – mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza.>>

Con estas palabras Edvard Munch define en 1982 como gestó la creación de EL GRITO.

Las personas somos seres sociales y nuestra identidad cobra sentido en la medida en que está en contacto con otras identidades, con otras personas. Sin alteridad la palabra identidad carecería de sentido.

De hecho, cuando nacemos descubrimos la presencia de los demás antes de tener consciencia de nuestra propia presencia. Nos cuidan, nos alimentan, nos abrigan, nos acarician y nos quieren.  Somos seres dependientes y nuestros referentes son muy limitados a pesar de los medios de comunicación y de la información que constantemente flotan en el aire.

De repente, en algún momento tomamos consciencia de nosotros mismos y descubrimos que somos seres autónomos y que lo que habíamos vivido hasta el momento no era más que un espejismo, una representación de la realidad en la que faltaba un componente fundamental: nosotros. Y es en ese momento en el que tomamos consciencia de nuestra identidad.

En El Grito nuestro protagonista está tomando consciencia de su identidad. Es un momento duro, cruel, un reflejo del primer lloro después del nacimiento, cuando se despliegan los pulmones y el acto de respirar de manera autónoma se vuelve doloroso aunque necesario e imprescindible para seguir viviendo. A partir de este momento nada es igual, todo cambia de manera súbita, ser autónomo significa poder decidir y equivocarse. Estar solo frente al mundo buscando alianzas con los que antes habían sido sus protectores. Dos personajes desaparecen en el horizonte a espaldas de nuestro hombre que grita horrorizado.

Hasta este preciso momento él no era consciente, no sabía, que dejaba huella, que dejaba marca. Sólo lo sabían los demás. A partir de ahora su relación con sus iguales será de enriquecimiento mutuo. Seguirá dejando marca, seguirá siendo marca porque seguirá estando en contacto con otras marcas personales.

Y su cara de terror cambiará cuando se dé cuenta que ocupa un espacio en el mundo que deberá descubrir, conocer y comprender;  más allá del mar embravecido que ahora le limita.  Y será en este espacio en el que se impregnará de los demás y al mismo tiempo los impregnará a ellos con sus características especiales, con su singularidad, con su identidad.

Y se dará cuenta que es capaz de transformarse, de transformar a los demás y al propio entorno; de que puede modelar las personas y el mundo, incluso en las circunstancias más desfavorables. Y descubrirá que esto lo puede hacer a través de un proyecto personal y colectivo y se convertirá en una identidad, en una marca personal inserida en el mundo.

Y también tomará consciencia de que su singularidad le lleva a ocupar no solo un lugar único en el mundo si no en el universo. En palabras del poeta ruso Evtuchenko: No existen hombres poco interesantes // Sus destinos son como historias de planetas // Cada uno es único y solo, él solo // No hay ningún otro que se le parezca. // Y si alguien ha vivido en silencio // feliz en su rincón // su misma insignificancia // le ha hecho interesante//.

Porque tiene algo que le distingue y que le ensalza dando sentido a lo que hace, a cómo se relaciona y  a cómo modela y transforma la realidad, algo que le indica el camino hacia la plenitud que es el camino hacia la felicidad. Y cuando formule su visión, misión y valores  estará profundizando en el relato de su identidad, estará respondiendo a las preguntas más genuinas de la condición humana y conectando con la trascendencia. Y sabrá que es una marca personal vocacional.

El personaje del cuadro grita porque está en un instante iniciático. Y todos en algún momento de nuestra vida pasamos por el.

La gestión de nuestra marca personal se inicia con la toma de consciencia de que estamos con otras personas en un mundo que podemos cambiar porque tenemos una misión que cumplir, una vocación, que nos hace transcendentes. Y es un trabajo personal de descubrimiento, gestión y aceptación que siempre representa un desafío y abre las puertas a grandes cambios porque cuestiona nuestra manera de hacer. Es una condición necesaria aunque no suficiente para dejar huella que requiere la humildad necesaria para aceptar que hemos de cambiar.

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