El equilibrio (frágil) de la identidad

En el primer post del año tengo que hacer una afirmación transcendental que remueva las tripas y conmueva las almas más rígidas y aquí lo tenéis: “la perfección no existe”.

La frase no es tan trivial como parece y menos cuando nos la aplicamos a las personas. Somos capaces de tolerar una imperfección estética en un edificio, un pequeño error en un texto o que un interruptor funcione mal pero con las personas es harina de otro costal y no te digo si se trata de uno mismo.
John C. Maxwell dijo en una ocasión que “si usted espera el momento perfecto es posible que pase la vida esperando”.

El caso es que toleramos poco lo que no es perfecto en nosotros y en los demás sin ser conscientes que la búsqueda de la perfección es un camino que no tiene fin.

Nos movemos siempre en equilibrio inestable entre lo que consideramos bueno y lo que no, como el hombre de la escalera que está obligado a tener las manos permanentemente abiertas para no caerse. De esta lucha constante sale lo que realmente somos: seres contradictorios que avanzamos a base de prueba y error.

Aceptar esta ambigüedad es fundamental para poder disfrutar plenamente de la vida, del momento presente y no caer en la insatisfacción. Es nuestra señal identitaria original: nacemos, vivimos y morimos imperfectos.

Y el reconocimiento de esta realidad no debe ser excusa para nuestra incompetencia si no una puerta abierta al cambio, a avanzar sabiendo que podemos hacerlo mejor y a comprender y aceptar a los demás.

La belleza de la vida y de la marca que dejamos en el corazón de los demás llevan impresas el signo de la imperfección. Nos recordarán no sólo por lo hagamos conseguido si no por lo que hayamos luchado para superarnos y superar las imperfecciones. Las dificultades en muchos casos no son mas que esto: imperfecciones.

Hemos iniciado el año con buenos propósitos, con listas de retos e ilusiones que nos gustaría ver cumplidos y sobre todo con la esperanza de avanzar de acuerdo con aquello que nos da sentido. ¿Cuántas veces hemos hecho este ejercicio?

¿Y cuantas veces no nos hemos desviado de nuestro propósito e ido por otros derroteros? Yo muchas y esto es lo que me ha ayudado a ser cada día un poco mejor y más seguro de mi mismo.

¿Y cuantas veces no hemos juzgado a los demás por sus errores? ¿Cuántas veces no hemos abandonado a personas y relaciones por no querer reconocer que en la imperfección de la mirada del otro está la base del auténtico amor?
Amar, en mayúsculas, es reconocer que aunque nos desviemos del camino trazado y nos decepcionemos somos capaces de volver a retomar el rumbo con nosotros mismos o con los demás.

Reconocer la imperfección está en la base del autoconocimiento y en los cimientos de la marca personal.
Nuestra marca personal se mueve en equilibrio inestable entre lo que es, la huella que dejamos, y lo que querríamos que fuera, nuestro propósito. Y en la manera como llevemos esta contradicción se asienta nuestra felicidad.

Una frase publicada en Instagram por Míriam Díez Bosch: “la felicidad es en realidad tan fugaz como el arte” es una muestra mas de esta fragilidad.

Buena reflexión queridos lectores.

 

Imagen @Rodney Smith
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