Divino fracaso

Divino fracaso

“…pero como si nada
seguís malhumorado arisco e insociable
y te repantigás en la avería
como si fuese una butaca pulman…”

Mario Benedetti: Chau Pesimismo

Cuando esperas unos resultados y no los obtienes en un proyecto, personal o colectivo, tienes sentimiento de fracaso, te sientes fracasado, en general fracasas.

La magnitud del sentimiento es mayor cuanto mayores son las expectativas puestas en él.

Fracasar y fallar no son sinónimos. El fallo depende de ti mismo, de una negligencia, de la falta de dedicación, de no tener suficiente conocimiento, mientras que el fracaso puede -y a veces suele- depender de causas externas o de otras personas.

En cualquier proyecto que emprendas hay siempre un factor de riesgo que se te escapa o que no sabes cómo controlar. Un fracaso puede ser la consecuencia de un fallo o de una causa fortuita.

Se ha puesto de moda una corriente de pensamiento proveniente en su mayor parte de la literatura de autoayuda, en la que se ensalza el fracaso transformándolo en fuente de aprendizaje y convirtiéndolo por esta misma causa, en algo deseable por su efecto transformador. Algunas veces yo lo he definido como la epifanía del fracaso, la revelación salvadora que obtienes a través de él, la posibilidad de crecer después de haberte revolcado en el fango. Algunas veces por deseado se me ha antojado casi masoquista: si no fracaso soy un don nadie.

Del error se habla menos porque proviene de un fallo personal, tú te equivocas, metes la pata y echas a perder un negocio, una relación o hundes una empresa. Tú eres el actor y el único motor del desastre te guste o no, y por eso los aprendizajes del fallo son inmediatos si te atreves a reconocerlo. Sufres las consecuencias, detectas las causas y enriqueces tu experiencia para no repetirlo en circunstancias parecidas. Y si tu error, tu fallo, te lleva a un fracaso, lo asumes como propio.

Otra cosa es asumir la responsabilidad de los fracasos sean cuales sean las causas, lo que me parece una auténtica memez. Y otra cosa muy distinta es que de entrada lo agradezcas, lo que me suena a autoflagelación. Fracasar es siempre, de entrada, una jugarreta, un mal trago, aunque la situación a la que te lleve, vista con la perspectiva que produce el paso del tiempo, sea algo positivo y mejor que antes.

Fracasar genera emociones que es importante que sepas detectar: de la sorpresa inicial puedes pasar a la ira y a la tristeza y que, convenientemente mezcladas, te generarán estados de ánimo que durarán el tiempo necesario hasta que se desvanezcan. Por eso tras un fracaso pasas un periodo de luto.

No tengo ningún pudor en decir que a mi no me gusta fracasar a pesar de los aprendizajes que pueda obtener y, gracias a Dios, la vida me ha premiado con pocos fracasos, por lo que mi experiencia se ha enriquecido más por el trabajo constante, a mi manera peculiar, que a consecuencia de los palos recibidos y doy gracias por ello.

De todos modos, siempre es mejor una actitud positiva que una negativa frente al fracaso o al fallo. Que hagas un esfuerzo para ver más allá del ahora y tengas la certeza de que superarás el fracaso, o que te perdones el fallo y lo integres en tu bagaje experiencial, es mejor que acomodarte en la autocompasión que no te llevará a ninguna parte y que marcará negativamente la huella que deja en ti y en el corazón de los demás. Y esto sí que depende en gran parte de ti.

Imagen @Rodney Smith
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