Nuevo paradigma
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En qué consiste realmente el nuevo paradigma

Los cambios, aunque sean evidentes e inaplazables, producen temores, inseguridades y desasosiegos. El progreso no siempre es percibido como positivo porque aferrarse a lo conocido, aunque peor, da seguridad por ser ,precisamente, conocido. Algo así está sucediendo en el mundo de las relaciones laborales en las que confundimos el trabajo por proyecto con la precarización cuando no tienen por qué ir a la par.

Desde hace años estamos anunciando lo que llamamos el cambio de paradigma, el nuevo enfoque de las relaciones laborales en las que el trabajo fijo a largo plazo tiene una tendencia creciente a disminuir y por el contrario aumentan las contrataciones limitadas temporalmente al cumplimiento un objetivo determinado o proyecto.

Este fenómeno implica una relación nueva entre los colaboradores y empresas porque significa precisamente el paso de la dependencia a la colaboración perdiendo sentido, en este contexto, la palabra empleado.  Este último es aquel al que se le asigna una tarea en un marco de puesta a disposición de su tiempo personal de cuya gestión es responsable la empresa que lo ha contratado mientras que un colaborador es un profesional que pone a disposición de una empresa una propuesta de valor generalmente ligada a unos objetivos concretos y que una vez conseguidos pueden extinguir la relación a no ser que se fijen unas nuevas metas.

¿Qué está pasando en realidad?
El cambio radica fundamentalmente en la permuta de seguridad por eficacia, creatividad, comunicación y por supuesto, marca, tanto por el lado de la oferta como de la demanda. Y como todas las situaciones nuevas genera momentos de falta de referentes y, por lo tanto, de aparente confusión.

Ya no sirven las antiguas presentaciones basadas en la voluntad o en las ganas de aprender, de crecer o de aspirar a puestos de mayor responsabilidad, son opciones personales lícitas, comprensibles, pero ineficaces si no van precedidas por una definición clara de lo que cada profesional puede hacer para solucionar problemas concretos de las empresas con las que quiere colaborar.  Quien pretenda ser contratado por su buena voluntad posiblemente pasará a engrosar las listas del paro estructural y quien busque una relación laboral basada en lo que puede aportar es muy probable que encuentre a sus clientes. O eres capaz de explicar por qué eres útil o te descartan.

¿Qué implicaciones tiene esta situación?
Son varias y la primera es que la tendencia va a buscar un trato entre iguales, entre oferta y demanda, entre solucionadores de problemas y necesitados de estos servicios; vuelvo a repetir: se acabó la dependencia.

Si el trato es entre iguales y la relación no es indefinida, la responsabilidad se encuentra en las dos partes, una tiene que convencer que es capaz de dar respuesta a unas necesidades y la otra de que es el mejor cliente porque si la colaboración funciona posiblemente el trato se podrá repetir en el futuro con otros objetivos y por ello las dos partes tiene que estar motivadas.

¿Y por qué aparecen los miedos? Toda situación novedosa produce respeto precisamente porque no hay referentes, no existen patrones de comparación que indiquen la manera de actuar y del respeto al miedo sólo hay un paso.

Por el lado del profesional existen ventajas y posibles situaciones de riesgo que las pueden ensombrecer:

  • Ser el propio jefe, porque en el proyecto cada profesional lo es, tiene como ventaja el poder organizar el trabajo como sea más eficaz siempre que se cumplan plazos y objetivos pero tiene el inconveniente de que se tiene que tomar decisiones y decidir conlleva el riesgo de equivocarse.
  • Trabajar por proyectos concretos permite tener periódicamente variedad de situaciones y retos que alcanzar aunque obliga a estar de manera casi permanente buscando oportunidades para poder enlazar un proyecto con otro.
  • Mayor libertad representa mayor responsabilidad y posiblemente una disponibilidad distinta del tiempo libre por lo que el concepto de conciliación deberá replantearse de manera imaginativa aunque la libertad de organización de horarios facilita enormemente esta tarea.
  • Es preciso ser consciente que las tareas administrativas como facturar, llevar las cuentas al día, hacer las declaraciones de impuestos y un largo etcétera dependen del propio profesional aunque siempre cabe la posibilidad de subcontratar el servicio a un tercero.

Las empresas deben por su parte asumir responsabilidades para que el engranaje funcione de manera fluida:

  • Remunerando correctamente y de manera puntual a los profesionales, evitando las guerras de precios y las rebajas temerarias que al final actúan en detrimento de la calidad del servicio recibido.
  • Integrando a los nuevos proveedores de servicios en el entorno de representación de la empresa ayudándoles a que gestionen su marca personal para que se conviertan en sus embajadores.
  • Siendo claros cuando las cosas no funcionan y no haciendo falsas promesas de nuevos proyectos si estos no están bien definidos.
  • Decidirse a gestionar propuestas de valor y no estrictamente recursos humanos y tener la capacidad de retenerlas si pueden contribuir a medio plazo al desarrollo de la empresa.
  • Y todo lo anterior puede generar sensación de descontrol que deberán aprender a gestionar.

Nuevos tiempos, nuevas costumbres y distintas maneras de gestionar. Quien gire la cabeza para no ver el cambio y gestionar la incertidumbre está muerto.

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La importancia de la visión en la marca personal

En algún momento de nuestra vida todos hemos soñado. No me refiero al sueño cotidiano, y generalmente, inconsciente que pasa por nuestra vida de manera discreta la mayoría de las veces aunque en otras ocasiones nos despertamos sobresaltados, aterrados y desconcertados, o al revés, nos deja una suave sensación de lasitud, placer y felicidad; me refiero a aquellos momentos en los que hemos imaginado de manera más o menos consciente nuestro futuro, nos hemos proyectado hacia él y por un instante hemos vivido la sensación de haber conseguido algo importante para nosotros, hemos acariciado con nuestra imaginación la felicidad en forma de un proyecto profesional , un abrazo de alguien muy deseado, un logro personal superando un fuerte desafío, el beso cálido que siempre hemos esperado o simplemente algo material que nos hace mucha ilusión poseer y que en un momento dado somos capaces de ver, tocar y oler. Todos o casi todos hemos soñado que hemos tocado el cielo y hemos sido felices, hemos tenido una visión.

[bctt tweet=”La visión es la toma de consciencia de lo que da sentido a nuestra vida y define la marca personal”]

Nuestra visión es la toma de consciencia de lo que da sentido a nuestra vida, lo que nos permite proyectarnos al final de nuestras vidas y contestar a la pregunta de cómo nos gustaría ser recordados. Y no es una declaración que se graba a fuego alguna parte de nosotros, ya sea nuestro corazón o nuestra mente, si no que es en muchos casos un pensamiento volátil que si no lo mantenemos vivo desaparece con el tiempo, se borra de nuestro recuerdo y pierde la oportunidad de verse convertido en realidad.

En nuestra mente imaginamos situaciones ideales, desde un yo nuestro ideal, una pareja, un trabajo o un proyecto ideales que en un momento dado abrazamos, sentimos, tocamos y nos emociona intensamente, tanto que afirmamos que estamos viviendo la felicidad. El tiempo pasa, el día a día exige dedicación, las decisiones nos aprietan, aparecen situaciones que identificamos como oportunidades que nos llevan  por caminos insospechados y sin darnos cuenta nuestras situaciones ideales se van desvaneciendo hasta ser unas completas desconocidas. Y nos encontramos con parejas, trabajos y proyectos que no identificamos como nuestros; solemos decir que la vida o el día a día nos han llevado hasta allá y aunque hayamos podido alcanzar situaciones de éxito no lo vivimos con alegría si no con la perplejidad de estar conviviendo con un extraño.

Los momentos de mayor plenitud en nuestra vida no son aquellos en los que estamos donde nos sentimos cómodos si no aquellos en los que tenemos la valentía de estar allí dónde nuestra visión nos lleva.  La comodidad generalmente es fruto de la relajación y la visión es el faro que nos orienta para encontrar el camino que tenemos que seguir. Tomando mi ejemplo preferido de un ruta montañera, la comodidad nos lleva a tomar el camino más fácil o a quedarnos simplemente al buen resguardo del refugio mientras que la visión nos indica que tenemos que continuar el ascenso aunque nos duela el cuerpo y el viento sea gélido.

Sin visión no podemos dejar huella porque sin brújula o sin ver las estrellas perdemos la orientación y vamos hacia ninguna parte por esto para gestionar nuestra marca personal tenemos que descubrirla o recordarla. La visión es el pilar de nuestro autoconocimiento y de nuestra identidad, nadie puede redactarnos nuestra declaración de visión porque nadie puede construir nuestra vida, mejor o peor explicada sólo cada uno de nosotros es capaz de revelarla.

[bctt tweet=”La visión es el pilar de nuestro autoconocimiento y de nuestra identidad”]

Trabajar nuestra visión no es complicado y sólo necesitamos dejarla fluir, que salga de nuestro interior. Para ello hemos de procurarnos unas condiciones favorables de silencio y recogimiento que nos faciliten la labor. Un entorno ruidoso, excesivamente luminoso o tenso no es el más recomendable; respirar profundamente cómodamente sentados aceptando con cada inspiración que la vida penetra en nuestro interior, que el aire nos transforma y que cuando expiramos llevamos al exterior aquello que nos impide crecer nos ayudará a crear un clima personal de apertura hacia nosotros. Y estaremos en condiciones dejar salir nuestros sueños, de escoger aquel que nos da mayor sentido y redactarlo para poderlo tener presente en el futuro, en cada momento.

La visión nos ayuda a tomar las decisiones cotidianas, aceptar aquellas cosas que nos ayudan a mantenernos en el camino o que nos impulsan a dar un salto adelante y a rechazar las que nos paralizan o nos hacen retroceder aunque puedan proporcionarnos placer y comodidad. Y lo haremos con pasión aunque el final todavía esté lejos y por el momento sólo seamos capaces de abrazar el aire.

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Propuestas para no sabotear los proyectos propios

El fuego amigo es  muy conocido en los círculos militares, se refiere a aquella situación en la que los disparos provienen del propio bando y es muy temido porque crea desconcierto y causa muchas bajas que se hubieran podido evitar. Generalmente se produce por fallos de coordinación que llevan a tomar como enemigos a  los que no lo son, y el resultado es que las bajas se producen en el bando propio.

Cuando decidimos emprender, ya sea dentro de la propia empresa o por nuestra cuenta, tenemos que evitar generar fuego amigo que nos pueda llevar por caminos no deseados si no directamente al desastre.

Lo peor que nos puede pasar es convertirnos, sin quererlo, en nuestro propio enemigo y lanzar dardos envenenados hacia donde más duele: la moral. Emprender es una decisión que nos lleva a desarrollar un proyecto en condiciones de incertidumbre, de riesgo, de posibilidad de éxito y de error; y esto ya de por si es complicado de gestionar y puede serlo todavía más si permitimos que nos invadan pensamientos negativos que incrementen el nivel de inseguridad. Si somos capaces de identificar este tipo de situaciones de antemano cuando aparezcan tendremos mayores posibilidades de hacerles frente y neutralizarlos.

[bctt tweet=”Emprender es una decisión que nos lleva a desarrollar un proyecto en condiciones de incertidumbre. Si nos invaden pensamientos negativos el nivel de inseguridad crece.”]

Los pensamientos negativos aparecen en los momentos más inoportunos y de manera preferente cuando estamos en horas bajas. Es como si quisieran hacer leña del árbol caído, o en los momentos en que tendríamos que estar celebrando un avance aparecen para aguar la fiesta. Son tóxicos porque emponzoñan nuestra existencia, muchas veces consiguen apartarnos de nuestros objetivos y lo peor es que somos nosotros mismos los que los fabricamos.

En el origen del mal está la semilla de la solución ya que, si nosotros los creamos, también podemos deshacernos de ellos conociéndonos mejor, tomando consciencia de lo que nos está sucediendo y teniendo a mano un botiquín de primeras curas para desactivarlos cuando aparezcan.

Veamos algunos ejemplos de pensamientos negativos dispuestos a convertirse en fuego amigo:

  • No soy capaz. Después de estar años y años luchando en muchos frentes y habiendo demostrado que somos capaces de salir airosos de las situaciones más complicadas de pronto nos damos cuenta de que no servimos para lo que precisamente nos hemos propuesto con tanta ilusión. Y la idea del fracaso se asoma por el horizonte. Es hora de hacer un balance de nuestra trayectoria profesional hasta el momento actual y recordar cómo hemos hecho frente a situaciones similares. Esto ayudará a resituarnos y a no ver el presente y el futuro tan amenazantes; hablar con otras personas que hayan pasado por circunstancias de incertidumbre y por dificultades nos puede ayudar a encontrar el camino de la solución y volver a sentirnos capaces den si no comernos el mundo, por lo menos movernos sin miedo.
  • No estoy preparado. En un mundo en constante cambio. ¿Quién está suficientemente preparado? Los emprendedores tenemos el alma de director de orquesta, sabemos crear sonidos armónicos pero no somos virtuosos en ningún instrumento. Y mejor que nunca lo seamos, porque cuando esto suceda estaremos perdiendo visión y oportunidades. Cuando amenace el fantasma de la falta de preparación es recomendable recurrir a la experiencia para agarrarnos a nuestras auténticas palancas, el camino que hemos recorrido nos ha hecho indiscutiblemente sabios y a las personas que nos pueden complementar para llegar a alcanzar nuestros objetivos.
  • Yo solo no puedo con todo. Y nadie te lo pide. Busca ayuda en otros profesionales, reparte juego y vende tu proyecto con ilusión para que otros te acompañen y apoyen. El buey solo bien se lame del dicho popular no sirve para hacer negocios y las buenas alianzas pueden sacarnos de la soledad y de más de un atolladero.
  • Ya no se ni para que sirvo. Es un obús que muchas veces lanzamos a nuestro punto de flotación y no tiene otra finalidad que cargarnos nuestra propuesta de valor. Si antes de comenzar un negocio o un proyecto trabajamos a fondo la estrategia, y somos capaces de explicarnos cuál es nuestro propósito y cuáles son nuestras propuestas de valor, cuando lleguen las dudas podremos tirar mano de nuestro modelo de negocio para disipar dudas al instante.
  • No tengo carácter. O en otras palabras no sé por qué me he metido en esto. Los que somos aficionados a subir montañas tenemos más posibilidades de comprender esta situación ya que cuando llevas horas andando, sudando, hambriento y con los pies doloridos te preguntas que diantres estás haciendo allí cuando podrías haberte quedado en casa y lo más chocante es que la mayoría de veces has iniciado el camino con ilusión después de haber preparado minuciosamente el ascenso. La mejor manera de superar esta situación es tener una imagen clara de dónde queremos llegar y de dónde estamos en cada momento, poder visualizar la cima o los objetivos que nos hemos propuesto nos ayuda a disipar dudas sobre nuestra capacidad emocional para hacer frente a los retos y un buen mapa mental ayuda mucho a tener las cosas claras. Al final, cuando llegamos a la cima, la satisfacción por haber luchado para no desfallecer nos hace recuperar la confianza con creces y nos refuerza para aventuras futuras.
  • No me lo merezco. Es una frase con dos lecturas. La primera es que cuando las cosas van viento en popa aparece en nuestro pensamiento para quitarnos el derecho a triunfar. He tenido algunos clientes que de manera monótonamente periódica esperaban que llegara el momento de ser desenmascarados por su impostura ya que estaban convencidos que el haber llegado hasta sus puestos actuales no era más que un error de casting por parte de sus jefes o de sus clientes y lo peor de todo es que cuando ya se veían de patitas en la calle o en la ruina llegaba un nuevo ascenso o un nuevo contrato que volvía a llenarles de desazón. Yo he llegado a la conclusión de que este tipo de personas tienen un concepto tan elevado de lo que es potencialmente bueno, de lo que se espera que sean, que cuando se ven en la realidad, llenos de contradicciones, no se aceptan tal como son y se identifican como impostores a pesar de que los resultados lo niegan. Lo mejor es darse a uno mismo la posibilidad de equivocarse y tomar perspectiva de las situaciones. La meditación ayuda mucho así como poder contrastar el desempeño con alguien de confianza o con un mentor. La segunda lectura aparece cuando las cosas van mal y para no tomar responsabilidades sobre el asunto nos repetimos hasta la saciedad que no merecemos el trato recibido por parte de quien sea o, cómo no, del destino que nos tiene tirria: Vaya como si la cosa no fuera con nosotros. En este caso hacer un esfuerzo de lucidez para ver que tipo de responsabilidad tenemos sobre las cosas es de gran utilidad y pedir feed back al entorno puede aclararnos muchas cosas.

Vayan las cosas bien o mal no nos castiguemos. Somos responsables de los éxitos y de los fracasos y tenemos la posibilidad de asumirlo pero en ningún caso tiene sentido que practiquemos actos de sabotaje hacia nuestra persona y nuestros proyectos. Aprendiendo de todas las situaciones reforzaremos nuestra marca personal.

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6 secretos para ir bien acompañado

Dice un viejo proverbio que si caminas solo irás más rápido, pero si caminas acompañado llegarás más lejos.  Unir fuerzas y esfuerzos con otras personas para alcanzar un objetivo común es de entrada una opción atractiva que nos puede permitir conseguir metas que yendo en solitario podrían resultar más difíciles y costosas pero también conlleva sus riesgos que deben ser valorados porque una mala elección de los compañeros de viaje nos puede conducir hacia una vía muerta.

Nuestra vida personal y profesional es un camino que está compuesto de muchas etapas y en cada una de ellas podemos escoger ir solos o en compañía en función de los objetivos que queramos conseguir. Una alianza para que funcione debe ser capaz de potenciar las propuestas de valor individuales para que el todo sea mayor que la suma de las partes.

 

[bctt tweet=”Una alianza debe potenciar las propuestas de valor individuales para que el todo sea mayor que la suma de las partes.”]

En mi camino profesional he vivido alianzas que han funcionado, otras que han resultado un auténtico desastre y algunas que, pudiendo haber sido exitosas, se han muerto por agotamiento. De todas esta situaciones he aprendido que para que una alianza funcione debe cumplir por lo menos las siguientes características:

  1. Que sea necesaria. Muchas veces buscamos compañía para hacer aquello que podríamos hacer solos y que no nos atrevemos a hacerlo ya sea por falta de confianza en nosotros o por miedo o por no haber valorado suficientemente nuestras propias competencias y talentos. Las preguntas clave son ¿por qué necesito ir acompañado? y ¿en qué se refuerza mi propuesta de valor con esta alianza? El autoconocimiento es una herramienta fundamental en esta fase inicial.
  2. Escoger adecuadamente a los compañeros de viaje. No se trata solamente de que nos puedan aportar un valor adicional si no que es necesario que tengamos información de las personas con las que vamos a hacer ruta. Las elecciones a priori o los flechazos pueden tener malas consecuencias. Las preguntas que nos podemos hacer son ¿tiene mis posibles socios un historial de alianzas positivo? ¿ha habido en el pasado situaciones de fracaso que deba tener en cuenta para tomar la decisión? Informarse es imprescindible porque aliarse con alguien que tiene detrás suyo una ristra de malas experiencias nos debería hacer reflexionar.
  3. Se trata de ganar-ganar. Todas las partes tienen que ganar y para ello tienen que hacer aportaciones  equivalentes. Cuando se produce un desequilibrio y una de las partes aporta menos o quiere recibir más que los demás la alianza peligra. Como norma general los aprovechados no tienen cabida. Preguntémonos ¿qué gano? y  ¿qué aporto? No demos  nada por supuesto.
  4. Con reglas claras.  Hay que dejar muy claro como hemos de funcionar y también cómo y en que supuestos debemos acabar el recorrido juntos. Una alianza nace con ilusión y se disuelve con dolor. Cuando las cosas no funcionan es más complicado tener la mente clara por lo que es importante prever la manera en que se pueda poner fin sin que se generen litigios innecesarios. Anticiparse a los acontecimientos no es ser agorero, es ser previsor. Si algún socio se muestra reacio preguntémonos si nos interesa continuar porque puede ir con malas intenciones.
  5. Valores de marca personal compartidos. Aunque el objetivo sea común el fin no justifica los medios. Y la unión de personas con métodos basados en valores dispares puede lastrar la percepción del entorno y debilitar la marca de algunos participantes. Es claro que si nos aliamos con personas sin escrúpulos podemos ser percibidos de igual manera. Para ello es necesario que nosotros tengamos claros nuestros valores y los pongamos en común con los futuros socios.
  6. Divertida: Mi experiencia me demuestra que cuando nos lo pasamos bien las cosas funcionan mejor. Cuando afloran los malos rollos y las recriminaciones vale la pena entrar en cuarentena y aplicar cirugía.

Cuando pensemos en aliarnos con alguien hagamos una valoración inicial potente, revisemos periódicamente los resultados y seguro que llegaremos muy lejos.

Imagen: @Jack Vettriano
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11 maneras de poner la suerte de tu lado

Es cierto que achacar a la suerte los acontecimientos positivos y negativos de la vida es el pretexto de los fracasados porque el éxito y el fracaso son el producto de las acciones que cada cual decide poner en práctica, no del azar o de la casualidad.
En los años que llevo asesorando y ayudando a mis clientes a desarrollar su marca personal he tenido la oportunidad de ver situaciones de éxito y de fracaso de proyectos personales y profesionales. Muchas veces me he preguntado qué es lo que lleva a algunas personas a tener la capacidad de conseguir poner en marcha sus sueños, mientras que otras, cargadas de buena voluntad se quedan por el camino y aunque éxito y fracaso son términos relativos porque dependen de la interpretación individual y en ocasiones lo que a simple vista podría interpretarse de manera negativa resulta que para quien lo vive no lo es en absoluto he llegado a encontrar algunas características que reúnen casi todos los triunfadores reúnen.

  1. Las personas que triunfan tienen clara su visión que utilizan para tomar decisiones tanto corrientes como estratégicas. Primero lo primero, parafraseando a Stephen Covey.
  2. Se fijan objetivos a corto y largo plazo, y no van a salto de mata. Séneca dijo que si un hombre no sabe a que puerto navega, ningún viento le es favorable.
  3. Utilizan los conocimientos que poseen para ponerlos al servicio de sus objetivos y hacen serios esfuerzos para mantenerse al día, pero sin obsesionarse por sus carencias.
  4. Porque están enfocados a la acción y evitan las situaciones de parálisis por el análisis, en caso de duda actúan valorando los riesgos en que incurren y aprenden de los resultados. Hacen suya la frase de Hernán Cortés de que en circunstancias especiales el hecho debe ser más rápido que el pensamiento.
  5. Les motiva tomar decisiones.
  6. Dejan rastro de las cosas que hacen y convierten sus acciones en procesos documentados que se pueden repetir y mejorar.
  7. No les da miedo ir a contracorriente y moverse en entornos poco amigables porque saben que, como decía Winston Churchill, la cometa se eleva más alto en contra del viento, no a su favor.
  8. Elaboran indicadores para valorar su desempeño y los siguen de manera sistemática para corregir el rumbo si es necesario.
  9. Controlan su tesorería, su caja, gestionan sus recursos, viven de acuerdo con sus posibilidades y reinvierten los excedentes.
  10. Son perseverantes, no abandonan cuando las cosas se tuercen pero tienen la humildad de retirarse cuando ven que sus acciones se apartan de su visión.
  11. Gestionan su marca personal y no tienen miedo a que los demás les reconozcan y les elijan.

Os propongo un ejercicio: Buscad tres ejemplos de personas que consideréis que han triunfado, en la vida o en los negocios, mirad que rasgos tienen en común y si algunos coinciden con los que he detallado. Una vez hecho esto centrad la mirada en vosotros para ver si es posible desarrollarlos.

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Sin calor humano la marca personal se extingue

Influir en los demás es algo que en algún momento de nuestra vida personal o profesional nos hemos planteado. Si gestionamos nuestra marca personal es para ser conocidos, reconocidos, memorables y elegidos y esto último es la manifestación más clara de nuestra capacidad de influencia, que nos elijan a nosotros y no a otro.
En términos más cotidianos la influencia es la capacidad que tenemos la personas para hacer que nuestro mensaje sea aceptado por los demás y también para hacer que los demás actúen de una determinada manera que sin nuestra intervención seguramente no harían. Influimos en nuestro entorno profesional y en nuestro entorno personal.
La influencia es un término que a veces resulta pegajoso e incómodo porque a menudo se asocia a la manipulación, que también pretende lograr que el mensaje sea aceptado aunque a través del uso de tácticas engañosas. Influencia y manipulación son las dos cara de una misma moneda y sólo las separa la tenue línea que diferencia lo que está bien de lo que está mal, entre las dos hay una brecha ética.
A estas altura ya nos habremos dado cuenta de que influir está en las base del liderazgo y como liderar es una cuestión de estilo, la influencia también lo es.

El debate primario se centra entre si para ser influyente una persona, un líder debe ser amado o temido. Maquiavelo se decantó por lo último, aunque con algunas dudas, que el paso de los años han acabado por validar. Las investigaciones más recientes parecen que se decantan por situar la influencia en el ámbito de la confianza y del calor humano más que en la fuerza.
Para liderar y para influir hay que crear conexiones, o por lo menos ésta es la conclusión a la que llegan Amy J.C. Cuddy, Matthew Kohut Y John Neffinger en un artículo publicado por la Harvard Business Review el año 2013.
Por regla general en cualquier posición de liderazgo tenemos la tendencia de demostrar en primer lugar nuestra capacidad ofreciendo una imagen fuerte de nosotros mismos. Necesitamos dejar bien claro que estamos a la altura de las circunstancias, y para ello presentamos ideas y soluciones innovadoras, queremos ser los primeros en dar ejemplo cuando se trata de abordar nuevas situaciones y aumentamos nuestra dedicación, el número de horas de trabajo. Primamos el demostrar que nos sentimos seguros de nosotros antes que demostrar que somos dignos de confianza.
Poner por delante la competencia profesional compromete el liderazgo porque sin una base de confianza, los miembros de una organización se amoldan a los deseos de sus dirigentes pero hay pocas posibilidades de que se lo crean, de que adopten en su fuero interior los valores, la cultura y la misión de la empresa. En las organizaciones en las que no predomina la confianza impera la ley de la selva por la que cada cual va a su aire y todos están más ocupados en protegerse individualmente que en colaborar con lo demás.

Es en este punto en el que los trabajos de investigación demuestran que, mientras la mayoría de nosotros nos empeñamos en demostrar nuestra fuerza -ya sea a través de la capacidad de trabajo o de las aportaciones profesionales- el calor humano juega un papel significativo en la manera en que los demás nos ven y nos juzgan. Las personas valoran inicialmente más el calor humano que las competencias profesionales clásicas.

En la mayoría de situaciones que implican gestión de personas, la confianza favorece que la información sea compartida, la aceptación de ideas y ser más receptivos al mensaje de los demás.

La confianza cambia los patrones visuales de comportamiento en actitudes permanentes entre las personas y por ello se convierte en el motor principal de la influencia que, recordemos, es la capacidad de hacer que los demás acepten plenamente nuestro mensaje.

Volviendo a lo que decía Maquiavelo, la mejor manera para desarrollar nuestra influencia es combinar la fuerza con el calor humano y esto pasa por la manera como cada uno de nosotros vivimos la realidad. A mayores niveles de autoestima y capacidad de hacer frente situaciones adversas se desprende mayor autenticidad y calor humano. En definitiva: cuanto mayor sea la fortaleza interior mayor será la capacidad de influir en los demás.
La influencia se basa en nuestra capacidad de abordar la realidad de manera que viviéndola con plenitud, convirtiéndonos en guerreros felices en palabras de los autores del artículo, seremos capaces de transmitir a los demás la seguridad y la confianza que les decantarán por la aceptación de nuestro mensaje y nuestro liderazgo. Una marca personal fuerte ejerce niveles elevados de influencia.