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Comportamientos tóxicos que envenenan la marca personal

Hay comportamientos sanos y comportamientos tóxicos, los primeros ayudan a abrir camino y los segundos ponen piedras para impedir el paso. Los comportamientos tóxicos viven muchas veces en simbiosis con personas que tienen una apariencia normal pero que en la práctica, en su manera de hacer y comportarse día tras día emponzoñan los ambientes y echan a perder relaciones y negocios.  Y si el hábito hace al monje el comportamiento hace a la persona por lo que de comportamientos tóxicos acaban saliendo personas también tóxicas.

[bctt tweet=”Si no apartamos las actitudes tóxicas acabarán siendo hábitos en el quehacer diario que nos dañarán”]
Hace algún tiempo hacía un inventario de estereotipos tóxicos que pueden arruinarnos la vida y la marca que dejamos, hoy me centraré en los comportamientos para que tengamos los sensores en posición de alerta y los detectemos con celeridad en nosotros y en los demás para evitarlos en cualquier caso. Si somos nosotros los que tenemos actitudes tóxicas y no las apartamos de nuestro quehacer cotidiano podemos acabar incorporando hábitos negativos, es decir, vicios, que marcarán sin lugar a dudas la huella que dejamos en los demás de manera negativa, o lo que es lo mismo, corromperán nuestra marca; si son personas próximas a nosotros los que los detentan nos fastidiarán, y fastidiarán a los que nos rodean y al final pueden acabar con nuestra capacidad de resistencia y hacer daño a nuestra marca personal. En cualquier debemos huir de los comportamientos tóxicos como de las llamas porque pueden convertirnos en cenizas.
La primera de las grandes actitudes tóxicas es querer tener siempre el control de las cosas, situaciones, tareas y negocios sin dejar espacio a los demás, o se es el rey o se destruye la cosa. El control no es malo pero se vuelve tóxico cuando se convierte en una obsesión y que impide comprometerse en aquello que no depende estrictamente de uno. Se trata de una actitud egocéntrica, desconfiada y desmovilizadora ya que los individuos que la detentan acostumbran a rodearse de gente mediocre porque el temor de que las situaciones se les escapen de las manos es más poderoso que cualquier proyecto que puedan tener entre manos.  Los controladores son desconfiados, no acostumbran a escuchar a los demás y sólo están seguros si hacen las cosas por sus propios medios porque delegar en el fondo les da pánico y nunca cortan el cordón umbilical con sus colaboradores que siempre están en situación de dependencia.
En segundo lugar encontramos el miedo a la diferencia. La falta de seguridad personal hace que todo lo que no esté cortado con el mismo patrón sea  susceptible de convertirse en una amenaza y por regla general son las propias personas que tienen esta actitud las que quieren marcar las reglas. Acaban siendo como el perro del hortelano que ni ladra ni deja ladrar.
[bctt tweet=”La falta de seguridad personal hace que la diferencia sea susceptible de convertirse en amenaza.”]
En tercer lugar aparecen los sembradores de inquietud, que entran en la vida de los demás con la aparente voluntad de ayudarles cuando en realidad lanzan profecías o maldiciones para desmovilizarlos. Normalmente dan consejos que en vez de impulsar a la acción invitan al abandono. En muchos casos son víctimas de una envidia descontrolada de la que hablaremos más adelante.
En cuarto lugar está la crítica destructiva que es una actitud, en muchos casos un mal hábito, que se centra en destruir a las personas por pura diversión sin aportar nada de positivo. La crítica destructiva se practica a espaldas de los afectados y busca la complicidad del entorno de tal manera que los que la practican pueden llegar a excluir a aquellas personas que no siguen su juego. No debemos confundir la crítica negativa con tener una opinión distinta o contraria respecto a otra persona porque la primera es gratuita mientras que la segunda se basa en hechos objetivos.
Y finalmente, en quinto lugar, aparece la envidia que es el sentimiento de frustración por una carencia que parece que los demás no tienen. El envidioso es un personaje inseguro que quiere destruir a aquellos que según su criterio poseen lo que a él le falta y esto último puede abarcar un enorme abanico de posibilidades desde dinero y estilo de vida amor y amistades pasando por conocimientos y habilidades. Los envidiosos que conozco son en el fondo unos narcisistas con un cierto grado de inmadurez porque al final te das cuenta que lo que les mueve no son las cosas que los demás tienen si no el hecho de que los demás las tengan.
La mejor manera de alejar de nosotros estas actitudes tóxicas es tener identificado nuestro foco, lo que nos mueve, nuestro sueño. Tener un objetivo por el que luchar nos alejará de la frustración y de la toxicidad y nos ayudará a tener unas relaciones más sanas con los demás.

Cuando la Red se revela indiscreta

Nunca estamos a salvo de miradas ajenas. Siempre estamos expuestos a ser vistos aunque queramos escondernos y es importante que seamos conscientes de ello para evitar sorpresas que pueden ser desagradables y erosionar nuestra marca personal.

El lío que ha montado el asalto y posterior divulgación de datos de la red de contactos Ashley Madison nos tendría que hacer reflexionar sobre los riesgos de la exposición mediática y la falsa creencia que en la red se puede encontrar la impunidad que en el mundo off line no existe.

De los muchos beneficios que ha aportado internet, el mayor es el de la visibilidad.  Antes de la existencia de la red y de las redes sociales, ser visible era privativo y caro, lo podían conseguir personas que tuvieran acceso a los medios de comunicación o que pudieran pagar por ello. Así eran las reglas del juego hasta hace pocos años.
Internet nos ha permitido entrar en contacto de manera fácil y con bajo coste con casi cualquier persona que estuviera conectada, en diálogo de persona a persona y por extensión y de manera general con toda la comunidad conectada en la red. Internet ha democratizado la comunicación haciéndola extensiva a toda la comunidad on line de manera instantánea y casi gratuita. Hasta aquí la cara amable.

La universalización y la inmediatez de la comunicación tiene también su lado antipático: la pérdida de privacidad, el dejar de estar a salvo de las miradas ajenas.

No controlamos la información que sobre nosotros circula por la red, o por lo menos es difícil que tengamos capacidad de acción sobre el origen de la misma, porque por el mero hecho de estar en el mundo es posible tengamos en la red datos nuestros que circulan de manera ajena a nuestra voluntad porque han sido introducidos por terceros, desde la pertenencia a una asociación pasando por datos aparecidos en alguna publicación oficial o por el mero hecho de habernos inscrito en algún evento deportivo. Siempre que se hace la prueba acaban saliendo cosas.

Y cuando nos referimos a datos e informaciones que de manera voluntaria hemos introducido en la red, el riesgo de exposición crece de manera exponencial. La red no olvida y su misión es mover información, no lo olvidemos.

La aldea global nos ha hecho perder parte de la independencia e intimidad que se habían conseguido desde la Edad Media a partir de la creación de las ciudades.

De todos modos no estamos condenados a estar expuestos de cualquier manera, no hay un determinismo tecnológico o mediático que nos condicione al cien por cien y nuestro nivel de exposición y la calidad de la información que circula por la red puede tener nuestra influencia porque tenemos la posibilidad de gestionar nuestros actos.

La red no es más que una extensión  de la realidad. Cuando actuamos en internet no simulamos la realidad si  no que la estamos construyendo con la misma intensidad que cuando paseamos por una calle, firmamos la venta de un inmueble o comemos un bocadillo. Internet y las redes sociales no son  realidades virtuales o paralelas, esta creencia puede llevarnos a engaño y hacernos creer que nuestros actos dejan de ser reales y  que por extensión dejamos de ser responsables de sus consecuencias.

El revuelo que ha provocado la divulgación de los datos  de Ashley Madison, más allá de la falta de seguridad y de la negligencia de los gestores por no haber sabido prever y defenderse del ataque, viene  por el temor de los usuarios a ser descubiertos en su actividad y a las consecuencias que puede tener en sus vidas privadas y públicas. La situación no deja de tener un fondo de ingenuidad, querer ser infiel, poner los cuernos porque sólo se vive una vez, de manera segura y anónima; lo que antes debía ser planificado se puede obtener con un solo click y sin consecuencias. La realidad ha demostrado que no es así.

La conclusión es que no podemos hacer en internet y en las redes sociales aquello que fuera de ellas no haríamos porque el entorno no cambia las circunstancias ni las consecuencias y ser consciente de esto es el primer paso para gestionar nuestra marca personal.

¿Hemos hecho en la red algo de lo que podamos arrepentirnos? ¿Sabemos cómo gestionarlo? ¿Podemos manejarlo? Si hay alguna respuesta afirmativa habrá que plantearse buscar ayuda.

Imagen @Rodney Smith