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Impaciencia

¿La impaciencia te quita el sueño?

Iniciamos formalmente un nuevo trimestre y el fin de la Semana Santa. Independientemente de cuando caiga, representa un indicador temporal de la parte del año que ya ha transcurrido. Los que nos movemos por calendarios lectivos solemos decir que en estas fechas el pescado ya está casi vendido y que si no nos apresuramos se nos va a pasar el arroz de los buenos propósitos. El fin de curso está próximo y siempre quedan cosas importantes por hacer.
Aunque formo parte del grupo de personas que suelen dormir bien, poco, pero bien, algunas veces me sobrevienen insomnios puntuales en los que la angustia se apodera del protagonismo del momento y sale a relucir la lista de los temas pendientes que tiñen la paz de la noche con opacos nubarrones.
La impaciencia es uno de los signos del momento en que vivimos. La inmediatez marca el ritmo de los acontecimientos y nos convierte en impacientes. Muchas veces ni nos damos cuenta, pero nuestro umbral de tolerancia a la espera de que los acontecimientos se resuelvan es, por regla general, baja. Y la impaciencia ubicada en un final de trimestre puede acabar en episodios de insomnio.
Según el diccionario de la RAE, la paciencia es la capacidad de padecer algo sin alterarse, para hacer cosas pesadas o minuciosas y también la facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho mientras que su opuesto, la impaciencia, es la intranquilidad producida por algo que molesta o que no acaba de llegar.
Dado que es la impaciencia la que nos quita el sueño y que dormir bien es imprescindible para tener una existencia plena y equilibrada es interesante disponer de algunas astucias para hacerle frente cuando aparece en horas intempestivas:

  • En primer lugar es necesario identificar lo que provoca nuestra impaciencia y descubrir si se trata de algo con fundamentos sólidos o simplemente un hecho infundado que por los caprichos de nuestro subconsciente nos está dando la lata.
  • Si el hecho carece de fundamento, el haber tomado consciencia de ello acostumbra a ser motivo suficiente para que su presencia se desvanezca.
  • En caso de que nuestra impaciencia esté fundamentada, tenemos que ver hasta qué punto está en nuestras manos una solución rápida. Si no lo está es mejor apartar el problema y pasar a otro asunto. Si lo está, rehacer nuestra lista de prioridades para que se sitúe en el lugar que realmente le corresponde.
  • Mantener al día una lista de tareas pendientes, con fechas límite de cumplimiento, nos ayudará a ser conscientes del grado de avance y nos permitirá cambiar las prioridades en caso de que sea necesario.
  • En cualquier caso hemos de tener el fin en la mente. Es uno de los siete hábitos que definió Stephen Covey  y que se basa en centrarnos en aquellas acciones o actividades que estén en consonancia con nuestro propósito para dejar de lado las que no lo estén.
  • Y cuando la impaciencia da paso a la angustia, que suele ser norma habitual cuando actúa con nocturnidad, recomiendo un método que para mi se ha convertido en infalible que es centrarse en la propia respiración. Dirigiendo el aire inhalado hacia nuestro abdomen y pulmones y expulsando con cada exhalación el problema que nos angustia.  Nunca falla.

Y aunque antagónicas, la paciencia y la impaciencia son necesarias en nuestra vida y forman parte de nuestra marca personal porque mientras la primera nos ayuda a superar las dificultades y a aceptar el ritmo natural de las cosas y de los acontecimientos, la segunda nos impide dormirnos en los laureles. Ninguna de las dos es buena o mala en su origen, y todo depende de la proporción de ambas para que el conjunto resulte armónico y soportable.
Os deseo un buen inicio de trimestre.