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La ilusión del camino del éxito

A todos nos gusta el éxito, aunque sucede a menudo que no tenemos una idea clara de lo que es. Por regla general lo identificamos con alcanzar las metas que nos hemos fijado, pero muchas veces pasa que, cuando nos fijamos objetivos y gracias a trabajar muy duramente los alcanzamos, tenemos la sensación de que nos hemos quedado cortos y nos sentimos insatisfechos. Es lo que se llama la ilusión del caminante.
Alfred Sauvy, demógrafo francés que vivió entre 1898 y 1990, la describió de la siguiente manera: Cuando se pregunta a una persona: “¿qué aumento de tus ingresos te permitiría satisfacer tus necesidades?” la respuesta general es: “Aproximadamente un aumento de un tercio”. Al repetir la pregunta diez años más tarde a las personas que han conseguido un aumento de aproximadamente un tercio de sus ingresos, la respuesta continua siendo la misma:  ”Una tercera parte más”.
¿En qué se basa realmente el éxito? Si hacemos caso a Sauvy es bastante posible que el verdadero éxito, aquel que nos deja satisfechos, que se graba en nuestro corazón y nos marca, no está relacionado con metas materiales si no con el hecho de vivir una vida plena.  Mark Twain dijo que los dos días mas importantes de nuestra vida son el día en que nacemos y el día en que descubrimos por qué.
El propósito nos da el camino para encontrar el camino del éxito. Cuando las metas estén alineadas con nuestro propósito alcanzarlas será todo un éxito o en palabras de George Bernard Shaw esta es la verdadera alegría de la vida, el ser utilizado para un designio que uno mismo reconoce como algo poderoso.
Encontrar el por qué de nuestra vida no es una tarea ni fácil ni evidente pero sí es un camino que tiene sentido ser recorrido porque la propia búsqueda es enriquecedora y cuando llegamos al final tenemos la oportunidad de tener una vida plena.
Buscar el propósito significa tener los ojos y los oídos bien abiertos a los mensajes que vamos recibiendo de nuestro interior, significa también tener el resto de los sentidos bien activados para que ninguna señal pueda pasar desapercibida y representa ante todo querer ser valientes para no cerrar ninguna puerta. El mayor enemigo del éxito es no querer salir de nuestras zonas de confort para permitir que nuestra vida cambie. Y es que el propósito no es sólo una declaración bien redactada, ya que si no se materializa en un modelo de vida, es papel mojado que nos despista y descoloca a los demás.
La coherencia de nuestros actos con nuestro propósito es lo que da forma y consistencia a la huella que dejamos en los demás y que nos permite ser conocidos, reconocidos y sobre todo recordados y tenidos en cuenta. Y entonces sabremos que hemos tenido éxito.

¿Somos marcas o monigotes?

Afortunadamente no estamos solos pero si lo estuviéramos sería indiferente que dejáramos huella o no. Las personas somos seres sociales y nuestra identidad cobra sentido en la medida que está en contacto con otras identidades, con otras personas.
De hecho, cuando nacemos descubrimos la presencia de los demás antes de tener consciencia de nuestra propia presencia. Nos cuidan, nos alimentan, nos abrigan, nos acarician y nos quieren. Y es a partir de aquí que tomamos consciencia de nosotros mismos y descubrimos, con el paso del tiempo, nuestra identidad. Sin la presencia de los demás no podríamos iniciar el camino hacia el descubrimiento de nosotros.
La huella que dejamos desde nuestro instante cero es conocida y reconocida antes por los demás que por nosotros mismos. Dejar marca es inevitable e imprescindible, la relación con los demás implica un enriquecimiento mutuo que nos modela como personas al mismo tiempo que modelamos a los demás. Somos una marca personal porque estamos con otras marcas personales.

Estando con otras personas ocupamos un espacio en el mundo que tenemos que conocer, comprender y descifrar para poder ubicarnos y reconocernos. Es en este espacio en el que nos embebemos de los demás, y al mismo tiempo, les impregnamos con nuestras características personales, donde vivimos la vida, crecemos y tenemos la posibilidad de transformarlo. Es en el mundo donde modelamos el futuro porque tenemos en nuestras manos la posibilidad de cambiar las cosas y la clave del progreso a todos los niveles y en todas las escalas.
En el mundo nos comprometemos con los demás, con el entorno, para hacer avanzar las cosas, incluso en las circunstancias menos amigables. Somos una marca personal en el mundo.

También somos singulares ocupando un lugar único en el mundo y en el universo. Tenemos algo que nos distingue y que nos ensalza dando sentido a lo que hacemos, a cómo nos relacionamos y a cómo modelamos y transformamos la realidad, algo que nos indica el camino hacia la plenitud que es el camino hacia la felicidad. Cuando formulamos nuestra visión, misión y valores no estamos haciendo “estrategia”, estamos profundizando en el relato de nuestra identidad, estamos respondiendo a las preguntas más genuinas de nuestra condición humana y conectamos con la trascendencia. Somos una marca personal vocacional.
La gestión de nuestra marca personal se inicia con la toma de consciencia de que estamos con otras personas en un mundo, que podemos cambiar porque tenemos una misión que cumplir, una vocación que nos hace transcendentes. Y es un trabajo personal de descubrimiento, gestión y aceptación que siempre representa un desafío y abre las puertas a grandes cambios porque cuestiona nuestra manera de hacer. Es una condición necesaria aunque no suficiente para dejar huella y que requiere la humildad necesaria para aceptar que hemos de cambiar.
Sin autoconocimiento no somos capaces de gestionar la marca que dejamos y corremos el riesgo de convertirnos en meros monigotes.