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6 secretos para ir bien acompañado

Dice un viejo proverbio que si caminas solo irás más rápido, pero si caminas acompañado llegarás más lejos.  Unir fuerzas y esfuerzos con otras personas para alcanzar un objetivo común es de entrada una opción atractiva que nos puede permitir conseguir metas que yendo en solitario podrían resultar más difíciles y costosas pero también conlleva sus riesgos que deben ser valorados porque una mala elección de los compañeros de viaje nos puede conducir hacia una vía muerta.

Nuestra vida personal y profesional es un camino que está compuesto de muchas etapas y en cada una de ellas podemos escoger ir solos o en compañía en función de los objetivos que queramos conseguir. Una alianza para que funcione debe ser capaz de potenciar las propuestas de valor individuales para que el todo sea mayor que la suma de las partes.

 

[bctt tweet=”Una alianza debe potenciar las propuestas de valor individuales para que el todo sea mayor que la suma de las partes.”]

En mi camino profesional he vivido alianzas que han funcionado, otras que han resultado un auténtico desastre y algunas que, pudiendo haber sido exitosas, se han muerto por agotamiento. De todas esta situaciones he aprendido que para que una alianza funcione debe cumplir por lo menos las siguientes características:

  1. Que sea necesaria. Muchas veces buscamos compañía para hacer aquello que podríamos hacer solos y que no nos atrevemos a hacerlo ya sea por falta de confianza en nosotros o por miedo o por no haber valorado suficientemente nuestras propias competencias y talentos. Las preguntas clave son ¿por qué necesito ir acompañado? y ¿en qué se refuerza mi propuesta de valor con esta alianza? El autoconocimiento es una herramienta fundamental en esta fase inicial.
  2. Escoger adecuadamente a los compañeros de viaje. No se trata solamente de que nos puedan aportar un valor adicional si no que es necesario que tengamos información de las personas con las que vamos a hacer ruta. Las elecciones a priori o los flechazos pueden tener malas consecuencias. Las preguntas que nos podemos hacer son ¿tiene mis posibles socios un historial de alianzas positivo? ¿ha habido en el pasado situaciones de fracaso que deba tener en cuenta para tomar la decisión? Informarse es imprescindible porque aliarse con alguien que tiene detrás suyo una ristra de malas experiencias nos debería hacer reflexionar.
  3. Se trata de ganar-ganar. Todas las partes tienen que ganar y para ello tienen que hacer aportaciones  equivalentes. Cuando se produce un desequilibrio y una de las partes aporta menos o quiere recibir más que los demás la alianza peligra. Como norma general los aprovechados no tienen cabida. Preguntémonos ¿qué gano? y  ¿qué aporto? No demos  nada por supuesto.
  4. Con reglas claras.  Hay que dejar muy claro como hemos de funcionar y también cómo y en que supuestos debemos acabar el recorrido juntos. Una alianza nace con ilusión y se disuelve con dolor. Cuando las cosas no funcionan es más complicado tener la mente clara por lo que es importante prever la manera en que se pueda poner fin sin que se generen litigios innecesarios. Anticiparse a los acontecimientos no es ser agorero, es ser previsor. Si algún socio se muestra reacio preguntémonos si nos interesa continuar porque puede ir con malas intenciones.
  5. Valores de marca personal compartidos. Aunque el objetivo sea común el fin no justifica los medios. Y la unión de personas con métodos basados en valores dispares puede lastrar la percepción del entorno y debilitar la marca de algunos participantes. Es claro que si nos aliamos con personas sin escrúpulos podemos ser percibidos de igual manera. Para ello es necesario que nosotros tengamos claros nuestros valores y los pongamos en común con los futuros socios.
  6. Divertida: Mi experiencia me demuestra que cuando nos lo pasamos bien las cosas funcionan mejor. Cuando afloran los malos rollos y las recriminaciones vale la pena entrar en cuarentena y aplicar cirugía.

Cuando pensemos en aliarnos con alguien hagamos una valoración inicial potente, revisemos periódicamente los resultados y seguro que llegaremos muy lejos.

Imagen: @Jack Vettriano
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Sin calor humano la marca personal se extingue

Influir en los demás es algo que en algún momento de nuestra vida personal o profesional nos hemos planteado. Si gestionamos nuestra marca personal es para ser conocidos, reconocidos, memorables y elegidos y esto último es la manifestación más clara de nuestra capacidad de influencia, que nos elijan a nosotros y no a otro.
En términos más cotidianos la influencia es la capacidad que tenemos la personas para hacer que nuestro mensaje sea aceptado por los demás y también para hacer que los demás actúen de una determinada manera que sin nuestra intervención seguramente no harían. Influimos en nuestro entorno profesional y en nuestro entorno personal.
La influencia es un término que a veces resulta pegajoso e incómodo porque a menudo se asocia a la manipulación, que también pretende lograr que el mensaje sea aceptado aunque a través del uso de tácticas engañosas. Influencia y manipulación son las dos cara de una misma moneda y sólo las separa la tenue línea que diferencia lo que está bien de lo que está mal, entre las dos hay una brecha ética.
A estas altura ya nos habremos dado cuenta de que influir está en las base del liderazgo y como liderar es una cuestión de estilo, la influencia también lo es.

El debate primario se centra entre si para ser influyente una persona, un líder debe ser amado o temido. Maquiavelo se decantó por lo último, aunque con algunas dudas, que el paso de los años han acabado por validar. Las investigaciones más recientes parecen que se decantan por situar la influencia en el ámbito de la confianza y del calor humano más que en la fuerza.
Para liderar y para influir hay que crear conexiones, o por lo menos ésta es la conclusión a la que llegan Amy J.C. Cuddy, Matthew Kohut Y John Neffinger en un artículo publicado por la Harvard Business Review el año 2013.
Por regla general en cualquier posición de liderazgo tenemos la tendencia de demostrar en primer lugar nuestra capacidad ofreciendo una imagen fuerte de nosotros mismos. Necesitamos dejar bien claro que estamos a la altura de las circunstancias, y para ello presentamos ideas y soluciones innovadoras, queremos ser los primeros en dar ejemplo cuando se trata de abordar nuevas situaciones y aumentamos nuestra dedicación, el número de horas de trabajo. Primamos el demostrar que nos sentimos seguros de nosotros antes que demostrar que somos dignos de confianza.
Poner por delante la competencia profesional compromete el liderazgo porque sin una base de confianza, los miembros de una organización se amoldan a los deseos de sus dirigentes pero hay pocas posibilidades de que se lo crean, de que adopten en su fuero interior los valores, la cultura y la misión de la empresa. En las organizaciones en las que no predomina la confianza impera la ley de la selva por la que cada cual va a su aire y todos están más ocupados en protegerse individualmente que en colaborar con lo demás.

Es en este punto en el que los trabajos de investigación demuestran que, mientras la mayoría de nosotros nos empeñamos en demostrar nuestra fuerza -ya sea a través de la capacidad de trabajo o de las aportaciones profesionales- el calor humano juega un papel significativo en la manera en que los demás nos ven y nos juzgan. Las personas valoran inicialmente más el calor humano que las competencias profesionales clásicas.

En la mayoría de situaciones que implican gestión de personas, la confianza favorece que la información sea compartida, la aceptación de ideas y ser más receptivos al mensaje de los demás.

La confianza cambia los patrones visuales de comportamiento en actitudes permanentes entre las personas y por ello se convierte en el motor principal de la influencia que, recordemos, es la capacidad de hacer que los demás acepten plenamente nuestro mensaje.

Volviendo a lo que decía Maquiavelo, la mejor manera para desarrollar nuestra influencia es combinar la fuerza con el calor humano y esto pasa por la manera como cada uno de nosotros vivimos la realidad. A mayores niveles de autoestima y capacidad de hacer frente situaciones adversas se desprende mayor autenticidad y calor humano. En definitiva: cuanto mayor sea la fortaleza interior mayor será la capacidad de influir en los demás.
La influencia se basa en nuestra capacidad de abordar la realidad de manera que viviéndola con plenitud, convirtiéndonos en guerreros felices en palabras de los autores del artículo, seremos capaces de transmitir a los demás la seguridad y la confianza que les decantarán por la aceptación de nuestro mensaje y nuestro liderazgo. Una marca personal fuerte ejerce niveles elevados de influencia.

¡Peligro! La gente tóxica arruina la marca personal

personas tóxicas

No se por qué pero hoy me he puesto a pensar en aquellas cosas que no son lo que aparentan y de las cosas, he pasado a las personas, y no he podido evitar acordarme de algunos tipos raros que han transitado por mi vida. Decirlo en pasado es una manera de hablar porque hay tipologías humanas que se repiten a lo largo de los tiempos y que, a pesar de que los entornos y las situaciones cambien, están siempre presentes representado una verdadera historia interminable.
Hay personas que aparentando abnegación, dedicación, competencia profesional y amor a las personas y a las empresas, lo que realmente hacen es servir a sus intereses particulares (o a nada en concreto), otras son tan tiquismiquis que nos obligan a negociar hasta la saciedad los más mínimos detalles para que las cosas más triviales se puedan poner en marcha y los hay que, bajo una aparente situación de control en sus trabajos y en sus vidas y, por no saber delegar, absorben todas situaciones y las convierten en un calvario o en un polvorín.
Son los individuos tóxicos. Su manera de hacer nos puede hacer perder los nervios, minar la autoestima y en momentos de crisis poner nuestros proyectos y nuestras ilusiones al borde del abismo.
Se distinguen por su manera de actuar y para clasificarlos, a partir de mi experiencia personal y profesional, he ido elaborando una tipología que me ha ayudado a evitarlos para no acabar intoxicado porque, no nos engañemos, lo tóxico ha nacido para destruir.
El bonachón es un personaje singular  porque bajo una apariencia de ser gente legal, buena gente, a menudo simpática con buen rollo y hasta amante de la buena mesa tiene una visión restringida de la vida, los negocios y de las personas y es un obstáculo para el cambio.

El chantajista tipo peligroso, acostumbra a ser un profesional competente en su terreno, el mejor profesional, lo que le convierte en centrípetos incapaces de delegar. Tiene su entorno sumido a la tiranía del control total, exige fidelidad a toda prueba y da cobijo a una tribu de incompetentes que pasan desapercibidos precisamente porque  él es quien realiza todos los trabajos. Frena el cambio con la amenaza de la dimisión que dejará a empresas y personas huérfana de conocimiento o de cariño.

El canalla, es un personaje que de entrada muestra una actitud positiva hacia las cosas  y presume de sus éxitos que le han elevado al pedestal de los héroes. Es en apariencia muy competente y se rodea de gente también muy competente, es exigente y aprieta a sus subordinados para que actúen a su imagen y semejanza. No escucha y actúa en beneficio estrictamente propio  boicoteando de manera sutil cualquier acción que no le reporte resultados personales y no le importa hacer daño de manera directa o indirecta. Como es egocéntrico no escucha, no delega, quiere controlarlo y no comparte cosas importantes si no es con personas que se encuentran en situación de inferioridad manifiesta o que ve claro que no le podrán hacer la competencia, es receloso con los éxitos de los demás y vocea los propios para marcar terreno. Por su actitud desconsiderada puede acabar quemando y desilusionando a sus colaboradores porque con el mismo desparpajo que ventila sus éxitos culpa de sus errores a los demás. Para contrarrestar el mal rollo que acaba generando en su entorno inmediato se convierte en un networker eficaz hasta que se pone en evidencia.
El anti grupo, anti organización y anti normas no soporta trabajar con criterios ordenados y comunes de actuación, vaya, no le gustan las normas. Siempre hace lo que le da la gana y lo justifica de manera más o menos sólida. Se hace difícil trabajar con él y cuando es posible es a costa de tener que cargar con el peso de tener que organizar su lío y al final acaba compartiendo las mieles del éxito y escabulléndose del fracaso en medio del caos.
El ventilador, cuando pone en marcha las aspas difumina sus errores y las culpas en todos los sentidos y permanece indemne. Puede compartir este perfil con alguno de los anteriores y su actitud normal es el ataque constante aunque no venga a cuento.

El normativo, encuentra en las normas, procedimientos y la legislación en general escusas para no actuar ni dejar actuar a los demás. Boicotea las reuniones con argumentos de imposibilidad en la mayoría de situaciones. Es un pelmazo.

La gente tóxica es, por regla general sutil. Invade como los gérmenes nocivos las vidas ajenas de manera que cuando se la detecta las situaciones son graves.
Hay que evitarlos y neutralizarlos usando todos los recursos que tengamos a mano. Facilitando la justa información para que no la mal utilicen, tejiendo alianzas que esterilicen sus intentos de boicot al quedar en minoría, denunciando su actitud y no siguiendo su juego cuando aparezcan como salvadores o abriendo espacios mentales que permitan abstraernos de su presencia. En cualquier caso hemos de vivir y gestionar nuestra vida  con independencia de su presencia porque de lo contrario su huella destruirá nuestra marca personal. Estemos atentos.

¿Somos marcas o monigotes?

Afortunadamente no estamos solos pero si lo estuviéramos sería indiferente que dejáramos huella o no. Las personas somos seres sociales y nuestra identidad cobra sentido en la medida que está en contacto con otras identidades, con otras personas.
De hecho, cuando nacemos descubrimos la presencia de los demás antes de tener consciencia de nuestra propia presencia. Nos cuidan, nos alimentan, nos abrigan, nos acarician y nos quieren. Y es a partir de aquí que tomamos consciencia de nosotros mismos y descubrimos, con el paso del tiempo, nuestra identidad. Sin la presencia de los demás no podríamos iniciar el camino hacia el descubrimiento de nosotros.
La huella que dejamos desde nuestro instante cero es conocida y reconocida antes por los demás que por nosotros mismos. Dejar marca es inevitable e imprescindible, la relación con los demás implica un enriquecimiento mutuo que nos modela como personas al mismo tiempo que modelamos a los demás. Somos una marca personal porque estamos con otras marcas personales.

Estando con otras personas ocupamos un espacio en el mundo que tenemos que conocer, comprender y descifrar para poder ubicarnos y reconocernos. Es en este espacio en el que nos embebemos de los demás, y al mismo tiempo, les impregnamos con nuestras características personales, donde vivimos la vida, crecemos y tenemos la posibilidad de transformarlo. Es en el mundo donde modelamos el futuro porque tenemos en nuestras manos la posibilidad de cambiar las cosas y la clave del progreso a todos los niveles y en todas las escalas.
En el mundo nos comprometemos con los demás, con el entorno, para hacer avanzar las cosas, incluso en las circunstancias menos amigables. Somos una marca personal en el mundo.

También somos singulares ocupando un lugar único en el mundo y en el universo. Tenemos algo que nos distingue y que nos ensalza dando sentido a lo que hacemos, a cómo nos relacionamos y a cómo modelamos y transformamos la realidad, algo que nos indica el camino hacia la plenitud que es el camino hacia la felicidad. Cuando formulamos nuestra visión, misión y valores no estamos haciendo “estrategia”, estamos profundizando en el relato de nuestra identidad, estamos respondiendo a las preguntas más genuinas de nuestra condición humana y conectamos con la trascendencia. Somos una marca personal vocacional.
La gestión de nuestra marca personal se inicia con la toma de consciencia de que estamos con otras personas en un mundo, que podemos cambiar porque tenemos una misión que cumplir, una vocación que nos hace transcendentes. Y es un trabajo personal de descubrimiento, gestión y aceptación que siempre representa un desafío y abre las puertas a grandes cambios porque cuestiona nuestra manera de hacer. Es una condición necesaria aunque no suficiente para dejar huella y que requiere la humildad necesaria para aceptar que hemos de cambiar.
Sin autoconocimiento no somos capaces de gestionar la marca que dejamos y corremos el riesgo de convertirnos en meros monigotes.