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“Todo nos amenaza:
el tiempo, que en vivientes fragmentos divide
al que fui
del que seré,
como el machete a la culebra;
la conciencia, la transparencia traspasada,
la mirada ciega de mirarse mirar;
las palabras, guantes grises, polvo mental sobre la yerba,
el agua, la piel;
nuestros nombres, que entre tú y yo se levantan,
murallas de vacío que ninguna trompeta derrumba…”

Octavio Paz, Mas allá del amor

Frente al cambio repentino una de las primeras reacciones es la negación, el esto no va conmigo o a mi no me afecta. Es una situación temporal que acaba modificada por imperativo de las evidencias o por ir tomando consciencia paulatina de que no hay camino de retorno. Pero el tiempo es relevante porque quien cambia primero tiene una mayor ventaja comparativa.

En estos tiempos víricos que vivimos es posible que nada vuelva a ser como antes, aunque a algunos ya les gustaría. 

¿Qué podemos hacer cuándo todo se desmorona?

Asumir la realidad no es nunca un acto de cobardía, entrega o autotraición sino todo lo contrario es una materialización de la lucidez que cada uno de nosotros lleva en su mochila desde el nacimiento.

Desde los mentideros del autoliderazgo, de la autoayuda o, desgraciadamente, del personal branding se nos ha dicho muchas veces que todo lo que pasa es responsabilidad de cada uno de nosotros, de manera que si alguien sufre una derrota o una pérdida o hasta una enfermedad la culpa es suya. O no se lo creía suficientemente, o su actitud era negativa, o no había visualizado de manera correcta la cosa. El querer es poder ha imperado de manera irresponsable hasta que nos hemos dado de bruces con un virus que nadie conocía ni esperaba. Los apóstoles de este posibilismo positivo están ahora muy callados. 

Hemos vivido mucho tiempo programando, imaginando, visualizando y nos hemos olvidado de vivir el presente. Cuando el futuro se envuelve con niebla y nubarrones y el pasado ya está muy lejos lo único que nos queda es el presente como forma de existencia. Y el presente se asume y se vive o la cosa no funciona.

En el pasado se vive de recuerdos, en el futuro de esperanzas y en el presente se pica piedra, se trabaja duro y se hacen cosas. 

Cuando todo se desmorona toca currar, adaptarse y cambiar.

Quien no se adapta pierde el tren

No me gustan los determinismos, pero la teoría de la evolución nos dice algo al respecto de la adaptación, las especies que se empecinan a seguir como siempre acaban desapareciendo y las que se adaptan perduran. Lo mismo pasa con las personas y las instituciones

Los que no nadan a contracorriente son unos conformistas nos han dicho en centenares de ocasiones, si no desafías la realidad estás fuera de juego y tal y tal. Y ahora vengo yo y digo que hay que adaptarse a las circunstancias. ¿Me habré vuelto loco? ¿Soy un apóstata de mis creencias?

Del mismo modo que quien vive como un rico sin tener los recursos necesarios entra en bancarrota, quien se mueve al compás de músicas que ya no suenan acaba bailando solo.

Adaptarse ante los cambios

Todo empieza por analizar lúcidamente la realidad. La mirada crítica es el primer peldaño de la adaptación, necesitamos saber lo que pasa, por qué pasa y como podemos movernos en la nueva realidad. Sin una lectura del momento presente no hay posibilidad de acción, la información sigue siendo poder hasta en los tiempos más revueltos. 

Sin principios, sin propósito no podemos interpretar la realidad. Ninguna mirada es neutra, nuestra manera de ver el mundo y de entenderlo depende de cual queremos que sea nuestro papel en la vida, el propósito, nuestro por qué, nos ayuda a conocer el mundo y a afinar nuestro análisis. El autoconocimiento es la brújula que indica el propio norte cuando el entorno está enmarañado.

Si entendemos lo que está pasando será más fácil saber lo que podemos hacer para ser útiles a los demás. Las nuevas circunstancias implican una reformulación de la propuesta de valor. Estaremos presentes y tendremos mayor o menor audiencia en la medida de que seamos capaces de ofrecer algo que los demás necesitan, la buena noticia es que siempre hay algo útil que aportar y solo hemos de buscarlo.

Así pues, adaptarse no es quedarse quieto si no buscar en cualquier entorno o situación la manera de aportar siendo fieles a nuestro propósito.

Contarlo

Quien calla es invisible. Pero quien habla mucho para decir nada es un pesado. Posiblemente se haya acabado el postureo en las redes sociales contando lo buenos que somos o lo bien que lo pasamos hace un par de años. Si hablamos demasiado de nosotros es que no estamos en disposición de dar a los demás, el ego mata la generosidad y si nos referimos al pasado es que poco tenemos que ofrecer, la nostalgia es el pan de los sin proyecto.

En tiempos de cambio no dejes de comunicar. Cuenta tu visión de la realidad, comparte tu propósito y ofrece tu propuesta de valor.

Empezar

Empieza trabajando tu propósito y si ya lo has hecho adáptalo con nuevas palabras a la realidad. Un mensaje que no evoluciona acaba siendo incomprensible.

Redescubre en que eres buena, apóyate en lo que sabes hacer para ayudar a los demás y comunica tu propuesta de valor.

Después vendrá tu nuevo proyecto adaptado a las circunstancias y la estrategia para conseguirlo, pero de esto hablaremos en otra ocasión.

Si te cuesta hacer el camino sola pide ayuda, los mentores te ayudaremos a llegar más lejos.