Cuando las pintan pardas tenemos dos salidas, la huida hacia delante o aguantar el chaparrón y seguir en el camino. Las huidas siempre acaban siendo temporales y no suelen ser generadoras ni de éxitos ni de tan solo de tranquilidad. El que huye no deja de ser un fugitivo permanente que mira más a menudo hacia atrás que hacia delante por un motivo de supervivencia ya que el peligro que le acecha viene de atrás, de lo que ha hecho y le persigue hasta que no consigue darle la vuelta a la situación. Una escapada se puede vestir de muchas maneras, se puede teñir del color de la dignidad dañada y hasta puede parecer un proyecto innovador. Al final siempre será siendo una maniobra defensiva.

Por qué fracasan nuestros proyectos

No es fácil averiguar las causas del fracaso cuando estas no son netamente evidentes. Cuando intentamos construir algo de lo que no tenemos la más remota idea o si no podemos conseguir recursos o apoyos la causa del no éxito se puede explicar con cierta facilidad. Lo mismo ocurre cuando lanzamos al mercado un producto o servicio que no es percibido como de utilidad ya sea por no haber pensado de manera suficiente en el público al que iba dirigido o por habernos adelantado a los tiempos y encontrarnos con un mercado poco maduro. Esto serían causas objetivas.

Otras veces el fracaso llega porque no nos acabamos de creer lo que estamos haciendo y al final acabamos metidos en un lío considerable que no suele acabar bien.

En resumen, fracasamos por falta de recursos, por tener una propuesta de valor no reconocida o porque lo que hacemos no nos aporta suficiente sentido a nuestra vida.

El frágil equilibrio de nuestras decisiones 

En nuestra vida laboral nos movemos en tres dimensiones que si no están equilibradas acaban pasándonos factura, a nosotros y a los que nos rodean.

  1. Lo que me da sentido. Aquello que me hace sentir bien y me hace feliz que no siempre es lo que más me gusta. Estamos llamados a ser felices, a sentirnos realizados, a cambiar el mundo de manera efectiva en la medida de nuestras posibilidades y a construir un futuro mejor con la ayuda de los demás. Por algo somos seres sociales. A esto le llamamos propósito y aunque sea extremadamente importante muchas veces ni lo sabemos explicar ni tan sólo lo tenemos identificado. Como el propósito nos da sentido actúa en forma de brújula y nos ayuda cuando nos sentimos perdidos o cuando hemos de decidir algo a encontrar nuestro propio camino. Es por esto que a veces lo mejor no tiene por qué coincidir con lo que más nos gusta.
  2. Lo que se hacer. Me gusta y es útil para los demás. Es lo llamamos propuesta de valor. Si lo que se hacer no soluciona ningún problema a nadie tengo un problema muy serio. Afortunadamente siempre tengo la posibilidad de aprender algo nuevo que acompañe a mi propósito y me haga feliz hacerlo. Algunas veces mis competencias quedan desfasadas, la realidad cambia muy rápidamente y me veo en el dilema de ponerme al día o dejar de ser útil. Otras veces lo que se me da bien y es útil para los demás no acaba de converger con mi propósito y tengo que trabajar nuevas competencias. Aquí cobra sentido el aprendizaje de por vida.
  3. Lo que me da dinero. Porque tengo que poder vivir, cubrir mis gastos y si es posible ahorrar algo. Lo del dinero es básico y hace zozobrar los puntos anteriores. He empezado voluntariamente construir la casa por el tejado, sin dinero, sin poder vivir todo lo demás son pamplinas. Maslow lo dejó muy claro en su día, tengo que empezar por cubrir mis necesidades básicas para poder ir avanzando en la toma de consciencia de mis otras necesidades y en la manera de satisfacerlas. Primero lo primero.
  4. Mi proyecto. Si  mi proyecto no se mueve con soltura entre las tres dimensiones no funcionará. Grandes ideas que a priori son capaces de solucionar problemas reales a las personas, que mesiento motivado para ponerlas en la práctica pero que no dan dinero o por las que el público no está dispuesto a pagar acaban no funcionando. Y cuando me gano la vida con algo que veo que no aporta y que no me aporta sentido tampoco acaba funcionando. Y, por descontado si tengo algo que da sentido pero los demás no lo perciben como de valor, nuca me dará dineero y por supuesto nunca pasará de ser una idea o un sueño. Distinta es la situación de quien dispone de un patrimonio que le aporta los recursos necesarios para vivir.

 

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Por qué abandonamos

La primera causa de abandono es la falta de ingresos suficientes. Y aquí la vara de medir es muy holgada porque depende de las situaciones de cada cual, no es lo mismo que tenga detrás una familia a la que mantener que esté yo solo, tampoco es lo mismo si me he creado unas necesidades que conllevan un coste elevado o no. Para paliar la falta temporal de ingresos me puedo ajustar el cinturón y si es preciso pedir sacrificios a mi entorno, pero todo ello manteniendo unos mínimos vitales y por tiempo limitado.

La segunda es cuando me doy cuenta de que lo que hago me aporta a mi pero los demás no lo perciben del mismo modo. Pero si estoy convencido que mi propuesta es de valor puedo darle tantas vueltas como sea necesario hasta que sea percibida como tal. Puedo cambiar aspectos específicos o comunicar mejor. A esto se llama pivotar.

Finalmente, cuando el proyecto no me aporta sentido o se va desviando de mi propósito tengo la certeza de que acabaré abandonándolo. Aquí también puedo pivotar reenfocándolo para que, si es posible, vuelva a estar en línea con mi propósito.

Esta situación llega cuando tras diversas adaptaciones de la propuesta de valor el producto final, aunque de valor par el cliente ya no lo es para mi.

El propósito por encima de todo, siempre que me gane la vida. Si la propuesta de valor no bebe del propósito se disolverá cual azucarillo en una cuchara. El propósito es lo que me da el aguante suficiente para ir pivotando, para ir cambiando el enfoque de mi proyecto o para poder esperar que mis clientes crean en mi. Para que en caso de que pinten pardas, de que las cosas no vayan bien no hagamos huidas hacia delante ni maniobras defensivas si no respuestas con sentido.