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Una de las consecuencias positivas de soltar lastre es que disponemos de más tiempo para pensar, y si a esta situación se une una forzosa desconexión digital, en España todavía existen zonas con muy baja cobertura, es posible que se nos activen mecanismos interiores, casi atávicos, que nos impulsen no sólo a la reflexión si no también a la crítica. Lo cierto de todo lo anterior es que a falta conexión a internet he dedicado parte de mi tiempo a la lectura y a tejer pensamientos, entre otras cosas, sobre las redes sociales.

Vivimos en una situación de interdependencia con las redes sociales. Gracias a ellas podemos ponernos en contacto con personas que de otro modo sería muy difícil contactar, podemos compartir contenidos con facilidad, tenemos la posibilidad de hacer llegar nuestro mensaje a quien queramos y de manera directa, de tú a tú, o de persona a persona, por lo que también es posible que este mensaje adquiera tonos de mayor credibilidad y todo ello de manera en apariencia gratuita.
Necesitamos las redes  y los que las manejan, los que están detrás de los decorados, nos necesitan para utilizar nuestra información para finalidades que de entrada desconocemos aunque podemos imaginar. Somos pues interdependientes. El balance final es, desde mi punto de vista y porque soy un optimista contumaz, positivo.

Estar en las redes no es por supuesto ninguna obligación y aunque soy un usuario asiduo porque entre otros motivos forman parte de mi entorno comunicativo profesional y personal, también soy consciente que podemos ser visibles sin ellas. De todos modos si optamos por estar, es necesario tener claras algunas líneas rojas que es mejor no franquear porque de hacerlo los beneficios se pueden volver en nuestra contra.

  1. Compartamos información de valor, es decir que sea de utilidad para nuestros interlocutores. El compartir contenidos por el hecho de hacerlo, el subir informaciones, noticias o imágenes sin más nos puede acabar convirtiendo en basura, spam si nos gusta el anglicismo.
  2. Hablemos de nosotros si nuestra experiencia tiene valor para los demás. Si lo que contamos no aporta es mejor abstenerse. El egocentrismo dentro y fuera de las redes acaba siendo reprobado.
  3. Mejor que prevalezca la calidad de lo que compartimos que la cantidad. No por estar constantemente colocando contenidos seremos más conocidos, reconocidos y memorables ya que si acabamos aburriendo al personal lo que conseguiremos es acabar en el cubo de la basura.
  4. Lo bueno si breve dos veces bueno. Nada más que añadir.
  5. Repetir siempre las mismas cosas nos convertirá en pesados y a los pesados se les acostumbra a dejar de lado. No nos va a elegir, ni van a elegir nuestras propuestas por ser repetitivos si no por lo que seamos capaces de aportar.
  6. No utilicemos las redes sociales para saldar cuentas pendientes con terceros. Una cosa es denunciar situaciones intolerables y otra es poner en un brete a un tercero porque creamos que nos ampara la razón sobretodo si el denunciado no tiene la posibilidad de dar a conocer su versión de los hechos y seamos conscientes que nuestras acciones pueden tener consecuencias penales. Para denunciar situaciones concretas existen otras vías, no olvidemos que estamos en un estado de derecho.
  7. Finalmente, las redes sociales no pueden ser nunca la alternativa para no dar la cara, ni tampoco lo es el correo electrónico. Hay cosas que se deben tratar mirando a los ojos de nuestro interlocutor y si no nos atrevemos a hacerlo vale la pena que nos preguntemos el por qué. En la red y fuera de ella no dar la cara es de cobardes y puede devaluar nuestra marca personal.

Como ejercicio os propongo que valoremos nuestra presencia en las redes sociales, analicemos la calidad de nuestras aportaciones y tomemos consciencia de nuestra manera de actuar. La reputación y la marca personal cuestan mucho esfuerzo gestionar y se pueden mancillar y destruir en un plis plas.