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Si no comunico más es que estoy trabajando. El ego lo tengo amortizado hace muchos años”
Manuel Castells 21/02/2020

La reclusión forzosa ha provocado un exceso de palabras y también muchos silencios. Yo me incluyo en el grupo de los callados a partir de un cierto momento. Al inicio hacía una cierta gracia ir comentando el momento y su singularidad y como muchos, me planteé organizar alguna actividad on line. A medida que fueron avanzando los días, y viendo que había una enorme inflación de propuestas, decidí ponerme en formato reflexión y seguir trabajando callado. No tenía nada nuevo que aportar, muchas cosas que hacer y era una oportunidad para reflexionar y tomar aliento.

Sin visión crítica es difícil dejar huella

Los que nos dedicamos a trabajar con personas y a comunicar hemos caído en el buenismo y en la credulidad. Lo digo desde la más sincera autocrítica. Nos hemos pasado años manteniendo posturas lo más neutras posibles en el bien entendido de que todo estaba bien porque todas las opiniones son respetables y nos quedamos aquí. Es más que evidente que todas las opiniones son respetables, y soy de los que me dejaría partir la cara para que cualquiera pudiera expresar las suyas, aunque muchas veces la realidad parece indicar lo contrario. Respetar es aceptar la opinión de los demás acogiéndola sin generar estigmas por haberla manifestado, pero en ningún caso significa que debamos creerla y no discutirla.

No vivimos encerrados en un microcosmos. Que nos dirijamos a un segmento reducido de personas no significa que no estemos inmersos en una ciudad, un país y en el mundo. Las visiones y los análisis de la realidad son variadas y diversas y responden a la interpretación que cada cual hace de la sociedad. Nadie es neutro, no tiene sentido decir que esto no va conmigo porque es rotundamente falso. La neutralidad no puede ir de la mano de la marca personal. Tengo muy presente la cita del Apocalipsis, creo que es el 3:15-16, que dice más o menos “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”

Tibieza y marca personal son como agua y aceite, no se juntan.

No todo es posible y el momento que vivimos nos está dando algunas pistas. Controlamos poco, estamos forzados, felizmente forzados añado, a vivir en la incertidumbre y a gestionarla y debemos ser muy conscientes de ello cuando nos comunicamos con nuestro público. Pensar en grande es imprescindible para avanzar, empezar con un producto mínimo viable es de sabios, pero lo que no se puede decir a nadie que no llega es que no ha creído suficientemente en sus capacidades. Nadie puede garantizar el éxito, nadie, y quien lo hace miente descaradamente, Entre otras cosas porque el concepto éxito es relativo y depende de la mirada de cada cual. Podemos indicar caminos, desarrollar metodologías y acompañar, pero llegar al final siempre requiere sufrimiento, paciencia, constancia y la capacidad de gestionar la incertidumbre que algunos llaman suerte. Y esto no se puede garantizar.

La visión crítica se articula, entre otros aspectos, alrededor de estos tres puntos que acabo de explicar:

1) Abandonar la credulidad y el buenismo, lo que no te guste o vaya en contra de tus principios discútelo.

2) Una persona, una marca personal, no comprometida con su entorno no deja huella. La tibieza es vomitiva.

3) La certeza no es el éxito si no la posibilidad de gestionar la incertidumbre.

Aprovechar los aprendizajes

Estos últimos meses hemos tenido la oportunidad de aprender algunas cosas. Unas relacionadas con el trabajo y la organización profesional y otras con el entorno.

El trabajo desde casa, compartido con el presencial o en su versión única ha venido para quedarse. Hemos aprendido a coscorrones pero al final lo hemos hecho colectivamente bastante bien. Lo que se veía como posible pero poco factible se ha convertido simplemente en una realidad. Está claro que necesitamos el contacto físico, pero la combinación de la presencialidad con la distancia soluciona muchos problemas prácticos. Desde la movilidad con el uso de medios de transporte que siempre son caros y contaminantes, la posibilidad de conciliación al poder gestionar mejor el horario saliendo del tan nefasto presencialismo hasta la mejor gestión de los espacios que abarata costes fijos a las empresas. Es cierto que estamos todavía en fase de aprendizaje y que hay camino por recorrer, pero es bastante posible que estemos en un camino sin retorno a la situación anterior.

La pandemia se ha cebado en los más débiles, no por un determinismo cronológico si no por su debilidad. Hemos de pensar de una vez que modelo de sociedad queremos, si, por ejemplo, ya nos va bien que las relaciones entre las personas sólo se afiancen cuando están en plenas facultades y que al mermar estas encontremos lícito encerrarlas para que no molesten. Estamos todos muy ocupados y tanto los pequeños como los mayores molestan, sobre todo estos últimos que tienen el final más cerca, ¿o no debería ser así?. También podemos reflexionar sobre si tenemos que mantener estructuras comerciales que hace tiempo que no aportan por el mero hecho de que siempre han estado aquí. Nos gusta mantener el paisaje, pero nuestra vida va por otros derroteros. El comercio tradicional o aporta algo distinto, por ejemplo, nuevas experiencias, o pierde el sentido y acaba siendo un lamento cuando cierra. Algunos comercios del sector cárnico se adaptaron ofreciendo nuevas elaboraciones a principios de los años ochenta del siglo pasado y han podido mantenerse eso sí trabajando firme.

Hemos aprendido también a no saber qué pasará mañana a vivir con la incertidumbre de que lo que hicimos hace quince días, periodo de incubación del virus, nos afecta hoy. Hemos sobrevivido a llevar una bomba de relojería social que nadie sabe cómo desactivar si no es esperando. Hemos aprendido también, nos demos cuenta o no, a vivir en presente.

La enseñanza no presencial se ha hecho un lugar. Se podría haber hecho mejor, una vez más los ciudadanos con menos recursos han salido perjudicados, pero se ha abierto una puerta hacia un nuevo modelo docente.

En el entorno sanitario la dejadez de los últimos años ha demostrado que mirar hacia el otro lado sale caro, en vidas, en coste económico y en desgaste personal de los profesionales que han tenido que suplir la falta de medios con trabajo, imaginación y con su salud.

Si queremos dejar huella tenemos que ser capaces de sacar partido a lo que la situación nos ha enseñado: 1) Cómo organizamos la sociedad para que sea más humana 2) En qué medida podemos mejorar la organización del entorno laboral y educativo aplicando la no presencialidad con sentido común 3) ¿Seremos capaces de decir no y dejar de tolerar decisiones que nos rebajen la calidad de vida y nos pongan en situación de debilidad frente a un cambio brusco?

¿Y qué pasa con la marca?

Si nos quedamos de brazos cruzados como si no hubiera pasado nada, estamos listos. Si seguimos pensando que lo que realmente importa es hacer el paripé en las redes sociales lanzando besos y promesas de amor eterno hemos escogido un camino que no lleva a ninguna parte. Lo peor está, dicen los expertos, todavía por llegar y se empezará a notar cuando las ayudas públicas lleguen a su fin y nos demos de bruces con la dura realidad. ¿Será en septiembre o a fin de año? La fecha no tiene ninguna importancia.

La gestión de la marca personal vuelve a sus conceptos más básicos. No es el momento de grandes cambios ni de hacer grandes negocios, ahora toca organizarse individual y colectivamente para adaptarse a los nuevos tiempos.

Solos no vamos a ninguna parte. El futuro tiene que ser forzosamente colectivo.
Para poder actuar a nivel social es imprescindible que seamos fuertes a nivel individual. La sociedad, los grupos, las tribus no son más que conjuntos de personas que comparten propósito. Y el propósito nos permite como individuos saber de qué forma hemos de actuar para conseguirlo, teniendo presente que en cualquier caso hemos de aportar algo positivo a los demás.
La discrepancia y el conflicto son buenos aliados con el crecimiento individual y colectivo, el buenismo, la credulidad y la inacción nos anulan como personas. O discrepamos o estamos acabados y no me refiero a las broncas parlamentarias si no a poner voz a los problemas del día a día aportando soluciones o exigiéndolas según sea el caso. Una persona que no discute y no se mueve por el cambio tiene su marca muerta.
Hemos de volver a la base de la marca personal y esto significa replantearse el propósito y la propuesta de valor para adaptarlos a los nuevos tiempos y revalidar los valores en el bien entendido de que no se trata de un ejercicio retórico para poder construir un mensaje atractivo si no de un compromiso vital con uno mismo y con los demás.
Si de verdad queremos avanzar menos selfies y más trabajo personal y colectivo. Leía en uno de los últimos artículos de Andrés Pérez Ortega, muy clarividente, que tenía la sensación de que las redes sociales habían perdido fuelle en los meses de pandemia, yo también lo suscribo. Andrés dice que lo social está en declive, se refiere a las redes sociales como centralizadoras de la atención y es cierto porque ha llegado el tiempo de aportar más y fisgonear menos.
Menos estética y más compromiso. Y con esto acabo. Sin compromiso no hay acción que valga la pena, hemos tomado en vano conceptos como embajadores de marca o marca del empleador convirtiéndolos en meros artefactos de marketing. La atracción o está construida sobre una base sólida o tiene menos consistencia que las palabras que la sostienen y ya sabes que a las palabras se las lleva el viento. Sin cambios reales, sin trabajo serio ni hay marca de país, ni de empresa ni de las personas.
Doy por finalizado mi silencio confinado.