Acabamos año una vez más. Damos el carpetazo a trescientos sesenta y cinco días que para cada cual habrán sido distintos. Es momento de hacer balance.

El fin de año no deja de ser una convención porque la vida no se detiene en una fecha del calendario y se reinicia en la siguiente. No nos dejemos obnubilar por la inminencia del final ni entremos en una frenética carrera de querer dejarlo todo listo porque no llegaremos a ninguna parte, dejemos que las cosas sigan su curso. En realidad aquí no se acaba nada.

La relatividad de la mirada de la que hablaba en el artículo anterior es aplicable al final de cada periodo. Tenemos tendencia a analizar y valorar las situaciones por los resultados a corto plazo cuando en realidad la objetividad solo viene dada una vez han pasado el tamiz de la perspectiva y por lo tanto del paso de un tiempo substancialmente largo.

De todos modos hacer balance es positivo porque sirve para que nos hagamos una idea de la situación aunque debemos darle la importancia relativa que se merece. Y a falta de los elementos objetivos, que solo el paso del tiempo nos dará, vale la pena que nos dejemos guiar por nuestra intuición.

La intuición es una habilidad para percibir e interpretar la realidad sin que intervenga la razón y que permite tener decisiones sin tener todos los datos disponibles.Es como un fogonazo, una iluminación, un haz de luz que dura un instante pero que nos permite ver con claridad.

Todos tenemos intuición, aunque no todas las personas están dispuestas a verla y escucharla. En algunos casos se alega falta de objetividad, de datos fiables sobre los que poder basarse, en otros cuando brilla la luz aparece el miedo y se cierran simplemente los ojos perdiendo la oportunidad de ver y en bastantes se piensa que es fruto de la irracionalidad y que por lo tanto no deber ser tenida en cuenta. Y, una cosa importante, al tratarse de una habilidad podemos desarrollarla, educarla y mejorarla.

Al abordar este fin de año dejemos hablar esa voz interior que se expresa por ráfagas, abrámonos nuestro corazón y dejemos descansar nuestra mente por el momento.

A mi me gusta sentarme delante de mi ordenador para ir escribiendo lo que va saliendo, sin pensar, de manera automática y, por supuesto, sin juzgar. Y sale de todo, cosas positivas y negativas que después filtro de manera muy general para asegurarme de que no sea víctima de mis propios prejuicios que no tienen nada que ver con la intuición.

Cada cual puede optar por el método que crea más conveniente aunque anotar lo que vaya saliendo ayuda a no olvidar y a que el fogonazo de la intuición ilumine durante más tiempo.

De cara a este año que acaba propongo hacer el ejercicio de valorarlo al ritmo de nuestra intuición. Cerremos los ojos durante unos minutos e imaginemos algo que nos sea agradable y relajante por ejemplo un paisaje, pongamos a descansar la mente. Seguidamente tomemos lápiz y papel o el teclado del ordenador y escribamos sin pensar las respuesta a la pregunta ¿cómo valore el año 2016?

Quedaremos impresionados por los resultados.

Imagen @Rodney Smith