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…/… ¡Otra vez! Tras la lucha que rinde
Y la incertidumbre amarga
Del viajero que errante no sabe
Dónde dormirá mañana.

Del poema A orillas del Sar de Rosalía de Castro

Cada vez que observo la calle desde mi casa veo menos gente. Leo en el periódico que, en mi ciudad, Barcelona, se están cerrando playas por exceso de aforo y me llegan comentarios que en la costa hay mucho movimiento, seguramente no serán turistas, pero la cosa está animada. A pesar de lo que ha caído y lo que falta por llegar hemos decidido tomar vacaciones. ¿Carpe diem? Quizás. ¿Descanso merecido para airear el cuerpo y la mente? También.

Estoy convencido de que a pesar de las apariencias y del clima festivo que algunos pueden vivir, el run run va por dentro y quien más quien menos se está preguntando qué pasará a la vuelta, en el último trimestre del año. Una caída histórica de la economía como la que estamos experimentando nos afectará todavía más a todos y no sabemos exactamente como. Estamos remando en el mar de la incertidumbre del que no saldremos en mucho tiempo, aunque lo que si tendremos serán puertos donde recalar de vez en cuando para tonar aliento, ganarnos la vida y seguir remando.

Las vacaciones, los altos en el camino, los momentos de relax, son ideales para pensar, cerrar etapas e imaginar la manera de avanzar. Cada año repetimos los buenos propósitos vacacionales, algunos se desintegran de manera espontánea en contacto con la realidad rutinaria. Este año me temo que no será cuestión de hacer grandes elucubraciones y tendremos que volcarnos en los planes de resistencia.

Estamos en un momento dual

Se huele la insatisfacción por la gestión de la crisis. Los medios sociales y los tradicionales lo proclaman de manera permanente. Los políticos obtienen calificaciones muy bajas. Y nos repiten hasta la saciedad que no nos merecemos, por malos, a los que nos gobiernan.

De cualquier escándalo se obtiene como conclusión que nuestro sistema de gobierno, nuestra democracia, está mal y que todos los que lo gestionan, los políticos, o son incapaces, o corruptos o las dos cosas. Todos.

Y nos lo creemos porque cuando las cosas no funcionan es mejor encontrar un culpable que buscar explicaciones. 

Por otra parte, hemos de tirar adelante, cada cual con su situación particular. A final de mes caen los recibos y cada semana hemos de reponer la despensa. Es un reto personal, inexcusable e indelegable que genera mucho estrés porque en el mar de la incertidumbre los puertos no están cartografiados y no encontramos tierra firme hasta que la vemos.

Nuestro sentido común y nuestro diálogo interior nos retan a adaptarnos a las circunstancias inciertas para buscar nuevas salidas personales y profesionales. La reinvención, sea cual sea, asoma por el horizonte. Y es también una tarea personal.

Aunque por más que lo intentemos no saldremos solos de esta situación. O conseguimos acompasar lo personal con lo colectivo o no iremos a ninguna parte. De las grandes crisis nunca se ha salido de uno en uno, en fila india, pasando por caja. De los momentos complicados se sale en grupo. Y la gestión de la marca personal nos debe ayudar a encontrar el camino para sincronizar nuestro propósito individual con el colectivo, innovando nuestra propuesta de valor y dando soporte a las propuestas públicas de valor.

Me diréis que soy un ingenuo, quizá lo sea, pero nuestra marca personal necesita recuperar algo de ingenuidad y abrirse al presente y el futuro con miradas si no distintas por lo menos renovadas.

Del equilibrio entre lo personal y lo colectivo depende que salgamos mejor o peor parados.

Actitudes para reforzar las huellas personales y colectivas

  1. Ser críticos

La credulidad mata tu marca tanto como tus propias mentiras. Vivimos momentos de gran manipulación informativa y se nos bombardea constantemente con mensajes para conquistar nuestra opinión a cualquier precio. Se hace de manera burda y también más sofisticada. Se utilizan razonamientos para que actuemos de manera emocional más que en base a hechos reales y comprobables.  Desvalorizan lo colectivo con argumentos del tipo “todos los políticos son iguales”, denigrando la negociación y el pacto, convirtiendo en enemigos de lo público a los que no piensan de una determinada manera. Lo vemos todos los días desde las más altas instancias políticas hasta el más simple de los posts. Hemos de evitar ser pasto de las fake news para no caer en individualismos improductivos o en nihilismos absurdos. Lo colectivo da miedo y por esto se intenta cercenar las libertades con falsos argumentos para que parezca una necesidad.

Aunque parezca mentira ni todas las personas son iguales ni todos los políticos son incompetentes y corruptos ni tampoco los que no piensan igual que nosotros son nuestros enemigos.

De esto seguiremos hablando.

  1. Pedir responsabilidades

Tenemos poca cultura de pedir responsabilidades, de aunar esfuerzos individuales para hacer llegar nuestra voz hasta donde debe ser oída y tenida en cuenta. Las responsabilidades pedidas individualmente pierden fuerza. La decisión es de cada cual, es de marca propia porque es un indicativo de nuestra visión del mundo, pero hemos de sumarla a visiones similares para que sea eficaz. Cerrar los ojos o mirar hacia el otro lado cuando pasan cosas importantes es de cobardes y nos acaba llevando a dejar un mundo peor que el que encontramos. ¿Es este el legado que queremos dejar?

  1. Indagar lo que queremos. Buscar nuestro propósito individual y su correspondiente público.

Definir el propósito individual cuesta, no es complicado, pero exige un esfuerzo de reflexión y autoconocimiento. El propósito, el por qué individual es la brújula que nos indica hacia donde nos dirigimos, nos ayuda a tomar decisiones coherentes y nos permite decir no o si cuando es preciso. Las personas nos agrupamos por afinidad de propósito o por motivos emocionales o por los dos. Si no buscamos nuestro por qué estaremos expuestos a la manipulación emocional y nos faltará uno de los elementos importantes para ser críticos, nuestro propio tamiz. Si logramos explicarlo, a nosotros y a los demás, tendremos la posibilidad de avanzar, como personas y  como colectivo, cada cual con los que se identifique, y hacer un mundo mejor.

  1. Ser positivos y evitar la crítica por la crítica y el catastrofismo

Estamos muy acostumbrados a las críticas negativas, al todo va mal y al cuanto peor mejor. Se valora más lo que no funciona que al revés. Se vende como un desastre cualquier negociación porque no se ha conseguido todo lo que se esperaba. El espíritu crítico nos ayuda a distinguir lo bueno de lo malo y lo posible de lo mejor. El catastrofismo institucional o impulsado por personas que ocupan lugares relevantes en las instituciones tiene como objetivo no dejar fructificar los esfuerzos colectivos, poner barreras a los cambios y al final limitar las libertades individuales.

Teñir los éxitos con el color del fracaso es engañar.

  1. Innovar nuestra propuesta de valor

La propuesta de valor es aquello que podemos hacer para ayudar a los demás aliviando un dolor o saciando una necesidad. Si no innovamos nuestras propuestas de valor caeremos el posible absurdo de querer abordar problemas nuevos con soluciones viejas que muchas veces no funciona. Muchos negocios y profesionales no han sabido leer las necesidades y carencias de su público y ofrecen soluciones que nadie necesita ni valora y olvidan aquellas que sí son relevantes. Puede que la no innovación sea causa de la caída de muchos negocios que en su día fueron prósperos.

Esto afecta tanto al sector privado como al público.

  1. Asociarnos

No me refiero a las colaboraciones profesionales que por supuesto son muy interesantes para completar o aumentar de nivel algunas propuestas de valor. 

Si yendo solos es posible que lleguemos antes y acompañados más lejos como dice el refrán, vale la pena volver a pensar en colectivo. Hasta ahora en el mundo del personal branding estamos muy enfocados en la venta y en la conversión y no en compartir propósito. Si los tiempos gritan cambio necesitamos buscar aliados para hacerlo posible y hemos de dejar de pensar solo en términos individuales. 

El grupo da miedo porque para muchos prima la preocupación por la pérdida de la individualidad más que los beneficios de la unión de esfuerzos. La asociación, el compartir propósito y objetivos es la base de la democracia que quizás no sea la panacea, pero es lo mejor que tenemos.

  1. Comunicar y ser originales

La marca que no comunica está muerta. La marca que tiene miedo de hablar no puede ser conocida ni reconocida. Hemos de perder el miedo a manifestar nuestras opiniones siempre que sea procedente. Al final nuestro público nos será fiel si les aportamos algo y si está en sintonía con nuestro propósito. Ni podemos dirigirnos a todos ni es conveniente que sea así porque nos perderemos en la muchedumbre. Lo de no hablar de política, religión o de lo que sea por no crearnos enemigos o malentendidos no deja de ser un atavismo o una falta de autenticidad. O quizás sea desconfianza en la propuesta de valor.

Cuando reivindico la originalidad no me refiero a generar slogans novedosos y creativos, que si, son importantes siempre que comuniquen correctamente y no busquen una forzada diferenciación. La originalidad es el pensamiento propio, es decir lo que creemos de manera razonada, técnicamente bien articulada, usando palabras sencillas y, lo más importante, que sean nuestras. Es importante leer, informarse y buscar referencias que apoyen nuestras opiniones, pero lo que no tiene sentido es hacer divulgación a base de citas del pensamiento ajeno sin dejar muy claro el nuestro. 

Comunicar no es hacer una clase magistral ni mostrar el elenco completo de nuestro saber si no transmitir ideas, pensamientos y propuestas que sean útiles y nuestras.

  1. Tener paciencia

Nos gusta correr. Nos hemos acostumbrado a la inmediatez, a tenerlo todo a mano enseguida y no toleramos la espera. Esperar genera incertidumbre, lo del pájaro en mano ha calado fuerte y nos da miedo que, volando, volando acabe por no llegar.

Las soluciones a las situaciones complejas no llegan de inmediato, las esperas pueden ser dolorosas, por esto se habla de la luz al final del túnel.  Y la espera puede estar plagada de trampas como los populismos. 

Me gusta mucho lo que decía Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos” Es una buena definición de crisis y de los riesgos de la espera.

La paciencia no es un trágala y sin espíritu crítico puede ser una renuncia dolorosa. Tampoco es quedarse cruzado de brazos. Las esperas sirven para reorganizarse y para gestionar aquello que está en nuestro círculo de influencia. Y para aliarse y buscar aliados.

Gracias por haber llegado hasta aquí. Si te apetece dime lo que piensas y en cualquier caso no dejes de remar, aunque sea en el mar de la incertidumbre. El puerto llegará, siempre llega.